Algo pasa con las pelis de osos

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En el año 2004 John Waters estrenó la que a día de hoy se confirma como su despedida como director de cine, la muy gamberra A Dirty Shame, estrenada en España con el vulgar título de Los sexoadictos. En ella, Waters repasa toda una galería de filias y parafilias sexuales para ofrecer algo así como un estado de la cuestión sobre los vicios inconfesables de nuestros respetables amigos y vecinos. En un momento determinado de la película se hace alusión a la familia de osos amorosos que habita en una de las casas del barrio, familia muy bien avenida que se ubica dentro la subcultura homosexual bear en imparable ascenso tras el despegue de la era internet.

Probablemente, dicho momento marca un punto de inflexión, es decir, los osos, como colectivo, empiezan a visibilizarse en las ficciones cinematográficas, iniciando así la conquista de un espacio propio que les permita desarrollar sus propias historias y consolidar de paso sus señas de identidad.

Pocos años después, a partir de la década actual, empieza a sistematizarse un ritmo de producción sostenible que ofrece una selección de títulos que de manera estudiada lleva a cabo una celebración de los ritos propios de la comunidad bear, insistiendo en puntos capitales de su configuración como subcultura homosexual, a saber, la importancia de sus lugares de encuentro (bares de osos, kdadas, eventos varios), de su indumentaria (camisas de cuadros, estética de leñador), de sus ritos de iniciación (la controvertida “segunda salida del armario”), de sus propios estereotipos (la figura del chubby, del daddy, del chaser, del muscle bear, etc…), de su inequívoco material médico (¡esa máquina del sueño para la apnea!), de sus iconos y fetiches (actores como el orondo y guapísimo Richard Riehle) y demás. Evidentemente, estoy hablando de títulos como la fundacional BearCity (2000) y su secuela, BearCity 2: The Proposal (2012). La gran repercusión de ambas películas entre la comunidad de osos evidencia algo que se empieza a palpar en el ambiente: la franca necesidad de ficciones cinematográficas hechas a la medida del mundo bear, en un momento en el que hasta los heteros saben de qué hablamos cuando hablamos de un oso. O casi.

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Si los títulos de BearCity se alimentan de los códigos genéricos de la comedia romántica en su modalidad más amable, la pionera webserie Where The Bears Are se presenta como heredera de la tradición camp televisiva marcada por joyas como el Se ha escrito un crimen de la impagable Señorita Fletcher o la sitcom favorita de los osos maduros, que no es otra que la gloriosa y nunca suficientemente recordada, Las chicas de oro. Personalmente, como escritor de novelas porno sobre osos y como amante del misterio, agradezco dichos referentes pero, con todo, el alcance de las dos temporadas ya estrenadas de Where The Bears Are parece tan limitado como pagado de sí mismo, en otras palabras, echo en falta tres ingredientes fundamentales: riesgo, ambición y menos mojigatería en sus escenas de sexo. Queremos ver culos de osos, señores, no se olviden.

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A falta de conocer la nueva temporada de la webserie, financiada a través de un kickstarter, echo la vista atrás y lamento el tono excesivamente amable y conservador de las propuestas mencionadas. Tanto la serie BearCity como Where The Bears Are se conforman con poco y parecen concentradas en adular a una galería hambrienta de ficciones que reflejen su propia subcultura sin ir más allá, sin fijarse en el detalle, sin ganas de buscar el comentario ingenioso o acaso impertinente. Las propuestas poseen ingredientes suficientes para despertar nuestro interés, aciertan a la hora de fijarse en la tradición de las soap operas pero les falta mordiente. Supongo que sería mucho desear un componente a lo The Spoils of Babylon, la tronchante miniserie low cost de Will Ferrell, parodia de los culebrones de la América de los setenta y ochenta. Y si acaso se trata de eso, de pedir demasiado, considero que no caigo en ello cuando animo a los responsables de tales producciones que nos enseñen más carne. Así es, ¡queremos más carne! Como oso que soy, como espectador, agradecería un término medio entre lo que ahora mismo es Where The Bears Are y las producciones porno de un BearFilms.

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Volviendo al año 2004, fecha que marca el inicio de este post, nos encontramos con una película de importancia capital que se ocupa del mundo oso y que -mira por dónde- viene ni más ni menos que de España. Obviamente, se trata de Cachorro (2004), la cinta de Miguel Albaladejo. En ella, se cuenta la historia de Pedro, un oso madrileño bastante follador cuya historia personal dará un giro cuando se vea obligado a hacerse cargo de su sobrino Bernardo, de once años de edad. La película de Albaladejo propone una vía bastante más sugestiva que las propuestas anteriormente mencionadas. Es cachonda, explícita, humana y universal sin caer en la trampa fácil de recrearse en exceso en las señas de identidad básicas de la cultura bear. Va más allá del chiste privado (aunque también lo incluya, así como algún dardo envenenado), y asombrosamente, es apta tanto para osos como para no osos, no se fija fronteras a efectos de espectadores. Ésta es una vía que deberá ser explotada en el futuro.

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Otra propuesta, con la que termina este breve recorrido por la filmografía osuna más destacada hasta el momento, es la enigmática producción francesa del año 2003 Dancing, dirigida a tres manos por Patrick-Mario Bernard, Xavier Brillat y Pierre Trividic. Presentada en el Festival de Sitges del mismo año, Dancing explora los oscuros territorios del cine disturbing de bajo presupuesto (del Repulsión de Polanski al Cabeza Borradora de David Lynch), a través de la claustrofóbica historia de una pareja de osos que habita una antigua sala de baile en la costa norte francesa. Todo un ejercicio de exploración artística no apto para todos los gustos que recompensa al espectador inquieto con momentos de una rara poesía en la que sexo, creación y elementos del cine fantástico más personal se dan la mano con gran naturalidad. Definitivamente, algo pasa con las pelis de osos, un subgénero con diversos frentes abiertos, del que podemos esperar muchas cosas en el futuro, algunas más sugestivas que otras.

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