Comunicado de Bob Flesh

Estimados lectores, amigos y seguidores:

Habréis notado que últimamente me prodigo poco por estos mundos digitales, y la razón no es otra que la falta del tiempo y la energía necesarios para mantener vivos estos foros, planteando temas, debates y cuestiones de interés para la comunidad osuna como he venido haciendo durante estos años.

Esa falta de tiempo y energía también es trasladable a mi otra faceta, la que dio origen a todo, la de escritor de novelas, la de autor de esa serie pionera en la narrativa española que tan bien conocéis: Palabra de Oso. Perdonad tanto circunloquio, en realidad escribo este post para comunicaros que el volumen 8 de la serie va a tardar más de lo previsto en ver la luz. De hecho, ya hace tiempo que debería estar publicado, pero mis otras obligaciones, las que me dan de comer y pagan mis facturas, me impiden en este momento volcar toda mi creatividad en escribir una nueva historia.

Pero podéis estar tranquilos, Palabra de Oso no está ni mucho menos muerto. Marc, Theodor y compañía siguen muy vivos en mi interior. Puedo sentirlos arañando mis entrañas, luchando por volver a salir al mundo, retorciéndose dentro de mí en busca de nuevas aventuras que a veces asaltan mis neuronas en los momentos más inesperados. Aunque quisiera, no podría matarlos. Quién soy yo para quitar la vida a unos seres a los que una vez di a luz pero que ya no me pertenecen, que poseen sus propias vidas independientes y, reconozcámoslo, mucho mas interesantes que las de la mayoría de nosotros.

Así pues, me disculpo por este largo silencio y os pido paciencia. No sé cuánto tiempo pasará, espero que no demasiado, pero os prometo que volveréis a disfrutar de las apasionantes y tórridas aventuras de Marc, Theodor, Joel, Ginny, J.R., Oswaldo, Hans Mayer, Wolf,  Smog, Armand y Maurice, Carlos Bakunin, Bert, Leo Cunningham, el profesor Quisenberry y un larguísimo etcétera. Todos ellos son mis hijos, mis padres, mis amantes… mis amigos. Volveréis a saber de ellos.

Un abrazo peludo y carnoso.

Bob Flesh

Homosexualidades fuera de norma. BangBang! El oso como gángster marica

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Iba a titular este post ‘Masculinidades fuera de norma’ pero, francamente, creo que resulta más apropiado el que he escogido finalmente, ‘Homosexualidades fuera de norma’. Frente al devenir del movimiento gay, ahora LGBTQI, parece claro que nos deslizamos siguiendo una lógica que va desde lo marginal hacia lo global, en una continua e imparable lucha por ganar visibilidad y en la medida de lo posible colonizar el mainstream. La consecuencias de esto son incuestionablemente positivas (los gays no solo existimos, sino que nos corresponden los mismos derechos que a los demás) pero en esta escalada a la visibilidad global debemos pagar un peaje que se deriva del siguiente silogismo: “Si el lenguaje del mainstream se basa en el estereotipo lo mismo ocurrirá con el lenguaje de cualquier movimiento o subcultura que sea incorporada a su órbita, es decir, estamos abocados a morir en el maldito estereotipo”. En efecto, toda una fatalidad.

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Por consiguiente, la cultura gay (subculture no more) se expandirá por el ancho mundo mostrando unas cartas comunes, homogeneizadas y bien reconocibles cuya cristalización poseerá la forma y las maneras del ‘gay’ como construcción cultural, es decir, del mero estereotipo. Será guapo, cuidará su cuerpo, se depilará, se aplicará cremas, bailará bien, tendrá un razonable poder adquisitivo tirando a alto, estará muy interesado por la moda y fomentará el estrellato de cuantas divas gay vengan por delante.

No es el objeto de este artículo abundar en este debate. En todo caso me gustaría señalar la necesidad de una literatura queer (hablo tanto de ensayos como de ficción narrativa) que se ocupe del daño que semejante concepción idealizada de lo gay provoca sobre todas aquellas minorías e identidades que se hallan fuera del insoportable influjo de la norma descrita más arriba.
Personalmente me considero un homosexual fuera de norma, y consecuentemente, me interesan mucho todas aquellas homosexualidades que se presentan como no normativas, complejas, misteriosas, en definitiva, muy alejadas del estereotipo. Esto es algo que evidenció de manera espontánea la subcultura bear. Al menos en sus inicios, resultaba especialmente reconfortante, una verdadera posibilidad de escape, la posibilidad de escapar de una idea de lo gay con la que no nos identificamos.

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Me atrae la idea de trazar una genealogía que describa la presencia de esas homosexualidades fuera de norma a lo largo de los tiempos y a lo ancho de la cultura popular que nos rodea. Remontándonos antes y más alla de las coordenadas del movimiento bear a la búsqueda de momentos que alumbran la posibilidad de otra manera de entender lo gay, encontramos un precedente notable en la obra de Balzac, a través de su personaje Vautrin, oso pionero, hedonista e inmoral que siembra la semilla literaria de una masculinidad que se aleja de su contorno más convencional. Si quieres saber más, pincha aquí. Estamos en el siglo XIX, y de ahí tendemos un puente con el siglo XX a través de uno de sus más fabulosos inventos, el cine.

Homosexualidades fuera de norma. Tipos duros, masculinos, velludos, corpulentos, todos ellos atrapados en una estructura patriarcal que no les impedirá desarrollar sus propios intereses en materia sexual. El cine negro ofrece una amplia galería de personajes que se construyen según estos parámetros, casi siempre vinculados a lo decadente, lo corrupto o lo bizarro.

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Dominic Noonan (Manchester, 1964) es un gángster británico condenado a penas de prisión en más de cuarenta ocasiones por delitos tales como robo, asalto policial, posesión de armas de fuego o fraude. Ha pasado más de veinte años en cárceles de toda Gran Bretaña. Posee una poderosa espalda, lleva la cabeza afeitada y su nuca doble destaca si lo miras por la espalda. Es un tipo duro y homosexual en un contexto rabiosamente heterosexual. Puedes verlo cruzar una calle de su Manchester natal acompañado de una corte de pequeños granujas casi adolescentes, su gang particular, caldo de fechorías, acaso sus amantes. Hace unos años fue el objeto de un curioso documental que recomiendo desde aquí, A Very British Gangster (2007).

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La figura de Noonan recupera la esencia del villano clásico del cine negro desglosada en títulos canónicos como El halcón maltés (1941) o El sueño eterno (1946) pasada por el filtro de la tradición del gángster marica típicamente british, con referentes reales como los célebres hermanos Kray y sus consiguientes derivaciones cinematográficas o literarias como la maravillosa novela de Jake Arnott “Delitos a largo plazo” (1999).

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Se trata de personajes surgidos más allá del estereotipo que en cierto modo encarnan una masculinidad, perdón, una homosexualidad fuera de la norma que los emparenta con la subcultura bear. Hablamos de tipos grandes y robustos que follan entre ellos como opción primera. Algo así como los primos hermanos de los osos.

Tipos rudos, film noir y ligera impronta filogay es algo que se respira también en algunas de las escenas literarias y cinematográficas perpetradas por los hermanos Coen. En su compendio de relatos “Las puertas del edén” (2008) se vuelve a percibir ese aroma que ya habíamos detectado en títulos anteriores como Muerte entre las flores (1990) o El hombre que nunca estuvo allí (2001). Toda una galería de personajes vulgares, fondones, patanes, timadores, siempre con un pie, o acaso los dos, fuera de la ley, fuera de la norma. Es quizá por ello por lo que resulta tan fácil considerarlos un eco de las masculinidades apropiadas desde la cultura gay a través de la movida de los osos, personajes que no acaban de encajar en los patrones patentados por un mainstream a menudo perezoso y simplificador. Los gángsters maricas poseen una esencia fascinante que recupera parte del misterio y del peligro primigenio. Una sexualidad peligrosa, un cuerpo poderoso, un desafío a lo establecido en el peor contexto posible, un mundo macho rabiosamente patriarcal. El mainstream en sí y la cultura gay oficial en particular apenas dejan lugar para lo auténtico, lo arriesgado o lo salvaje, para ellos todo es blanco o negro, sin zonas difusas, a la postre, provocan disgusto porque resultan demasiado previsibles. Por eso, ahora mismo parece tener bastante sentido reivindicar las homosexualidades fuera de la norma, ahora que nos encontramos en un momento delicado y poco halagüeño: aún no hemos escapado de un contexto heteronormativo para caer en otro homonormativo. Por favor, ¿alguien puede dejar de producir tantas normas? ¿Podéis dejarnos vivir en paz y asimilar de una vez la variedad de cuerpos, deseos y sexualidades? Definitivamente, quiero ser un marica fuera de norma.

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The Man Who Wasn’t There, 2001

Más gángsters maricas: Dr. Insermini

Relatos de madurez gay

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Hoy quiero recomendar un estupendo blog centrado en narrativa bear que nos ofrece un auténtico arsenal de relatos de osos de alto voltaje erótico y nada desdeñable quehacer literario. Se trata de Relatos de madurez gay, un lugar en el que Victorvanupp va recopilando sus historias de osos y que él mismo presenta con estas sencillas palabras:  “Me he aficionado a escribir unos relatos que plasman fantasías sexuales en el ámbito de hombres maduros y robustos. Solo pretendo irlos sacando de mi PC y ofrecerlos a quienes les puedan interesar y disfruten con ellos, como yo lo he hecho escribiéndolos…”.

Todo un ejemplo de humildad para un escritor que lleva casi seis años compartiendo sus trabajos con una admirable regularidad, arrojando un saldo de más de un centenar de relatos publicados, con títulos tan sugestivos como “El cuarto de juegos”, “De viaje con el jefe” o “El fontanero goloso”. Su verbo ágil, su resuelta imaginación, la fabulosa galería de personajes y la deliciosa sucesión de anécdotas que acumula le otorga al conjunto una entidad propia e inconfundible.

Su importancia en el contexto de la cultura pop propiamente bear resulta fundamental y la sitúo junto a grandes aportaciones como El Ósculo Hirsuto de Guibu, el Bearton City de Daniel Mainé o el periodismo brut de los chicos de Bebearmyfriend. Y, cómo no, me gusta pensar que está hermanada con mi propia serie de novelas Palabra de Oso, al fin y al cabo, ambos proyectos comparten un mismo punto de partida: la necesidad de contar historias que celebren la belleza y la sensualidad de aquellos hombres robustos, fornidos y redondos que alimentan nuestras fantasías. Háganse un favor, y — en el dudoso caso de que no los conozcan todavía— lean y disfruten de los relatos de madurez gay de Victorvanupp. Te alegrarán el día.

Los osos y la imposibilidad de expresar el deseo

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Lazy Bear Weekend – Photo by L. S. Ludwig

Mirad, son malos tiempos para expresar el deseo. Poneos en la piel de un creador o de un escritor, como es mi caso. Si desarrollas ficciones protagonizadas por personajes creados a la medida del canon estético universal estás contribuyendo al odioso afán simplificador del mainstream, a su odiosa dependencia del estereotipo y al culto a los cuerpos imposibles. Si, por contra, apuestas por otro tipo de cánones, aquellos que huyen de la irritante perfección del anuncio de calzoncillos, en favor de cuerpos robustos, redondos y sobrados de kilos, también parece que la cuestión se convierte en problemática.

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Meses atrás una revista literaria online publicaba un breve artículo sobre el subgénero de Literatura Bear a colación de mi serie de novelas eróticas Palabra de Oso. En los comentarios, podía leerse la opinión de una internauta en la que decía lo siguiente: “Conocía la corriente “oso”, lo que no conocía era el subgénero literario. No me vuelve loca la idea de una glorificación de la obesidad, sinceramente. Creo que no es sano. Tampoco me lo parece la glorificación de los cuerpos perfectos y la eterna juventud, vampiros aparte.”

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Semejante afirmación resulta especialmente reveladora del momento actual. Para bien o para mal, seguimos viviendo en la era de lo políticamente correcto. Supuestamente, hay un interés creciente entre lxs creadorxs por no caer en el estereotipo ni herir susceptibilidades por razón de raza, físico u orientación sexual. Pero si suscribimos las palabras de la internauta (que firma como Ana J.), llegamos a la conclusión de que, yo, Bob Flesh, no puedo expresar el deseo sexual que siento hacia los hombres gordos y fornidos. En definitiva, como escritor, debo renunciar a él como material literario para no caer en lo “políticamente incorrecto”.

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Portada de “Arde París”, una de mis novelas políticamente incorrectas.

La conclusión que saco de todo esto es que las consecuencias de la era de lo políticamente correcto (recordemos que dicha noción empieza a usarse a finales ochenta/primeros noventa) son tan bienintencionadas como nefastas. ¿Por qué? Porque a menudo las buenas intenciones, más que cargarlas el diablo, las carga la estupidez más extrema. Resumiendo, lo que me están diciendo es que no puedo escribir una novela erótica en la que aparezcan personajes gordos haciendo el amor entre ellos porque estoy llevando a cabo una celebración de la obesidad, y eso no es sano.

Fragmento de la serie “El Ósculo hirsuto” – Guibu ©

Comentarios como el de Ana J. son tan necios y peligrosos como las típicas afirmaciones hechas desde una esfera patriarcal, rancia y heteronormativa. Es preciso darse cuenta de estas contradicciones, reflexionar sobre ellas y evolucionar. Hay un hecho, muchos hechos, hay autores y artistas que hablan de cuerpos perfectos y se alimentan del sempiterno canon estético universal. Y luego hay escritores como yo, o como Guibu (con su serie El Ósculo Hirsuto), o como Daniel Mainé (con su Bearton City), o como Victorvanupp (con sus relatos sobre la Madurez Gay), que nos sentimos motivados por otro tipo de cuerpos, redondos, confortables, rotundos. El debate de si esta vertiente de la creación artística es sana o no, resulta prepotente, equivocado, desfasado y sobre todo ridículo.

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Imagen promocional de Bearton City – Daniel Mainé ©

Ya está bien de afirmaciones ociosas y dañinas. Abrámonos a la diversidad, porque de eso se trata. No de glorificar un solo tipo de cuerpo sino la amplia variedad que nos ofrece la naturaleza humana. ¡Por supuesto que podemos glorificar! Escribir escenas eróticas protagonizadas por hombres gordos tiene que ver con la expresión del deseo, con algo sincero, verdadero, profundo y compartido por otros muchos lectores (¿lo pillas Ana J.?). Negarnos esta posibilidad significa censurar, silenciar y condenar de la manera más descerebrada, poco menos que regresar a un régimen totalitario. Dicho esto, mi reflexión del día es la que sigue: expresemos el deseo, claro que sí, y a ser posible abrazando la diversidad de cuerpos. De hecho, casi todos ellos tienen cabida en mi serie Palabra de Oso: osos polares, chubbies lampiños, chasers esbeltos, daddies canosos, etc, etc. Apostemos por la variedad y dejemos de condenar con clichés de tertulia de sobremesa. Porque llegados a este punto es preciso que sepas algo que te afecta directamente: la estupidez nos rodea y en tus manos está detectarla.

La Playa de los Ositos

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Mirad, en el planeta Tierra, en Europa, en Cataluña, en la provincia de Barcelona se encuentra uno de mis enclaves favoritos del mundo oso aquí en España, se trata de la Playa de Balmins, lugar que rebauticé en una de mis novelas como la Playa de los Ositos.

La Playa de los Ositos es una cala nudista que encontraréis junto al cementerio de Sitges en dirección al gran hotel Meliá. Su extensión es modesta, apenas unos cientos de metros pero todo lo que acontece en ella en cualquier día de temporada es rico en sensaciones y pequeños acontecimientos eróticos.

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Son innumerables las aventuras que he vivido allí, la belleza, la sensualidad y la desnudez campan a sus anchas. Por no hablar del permanente juego de miradas cómplices, juguetonas y prometedoras que allí se desarrolla. Si el día se presenta soleado y animado (como viene siendo habitual) es muy conveniente bañarse en sus aguas puesto que estas se llenan de manos. Me encantan las historias de amor que se pueden vivir a lo largo de un refrescante baño de media hora.

En mi segunda novela de la serie Palabra de Oso, Vacaciones en el mar, Marc Kaplan, su protagonista, y el precioso osito panda Joel visitan la Playa de los Ositos en lo que será el detonador de una trama excitante llena de aventuras. En el capítulo en cuestión ofrezco una breve descripción de lo que allí te puedes encontrar. Si estás planificando tus vacaciones y recalas por esta zona de la costa mediterránea, te aconsejo que no dudes en visitarla. No se me ocurre mejor manera de describir el ambiente que allí se vive que compartir con vosotros el capítulo completo de “La Playa de los Ositos”. Apuesto a que muchos reconoceréis el aroma que desprenden sus palabras.

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“Joel llegó a su destino sano y salvo. Aquello era más bien una cala dividida en dos. El primer tramo, donde estaban las duchas y el chiringuito, estaba más bien orientado a un público familiar, heterosexual o no.

La playa de los ositos en sí no era sino una pequeña extensión de unos cien metros de longitud. Eso sí, muy bien aprovechados. Aquello estaba lleno de ositos, daddies, chubbies y cazadores, todos mezclados. Además era una playa nudista. Joel se congratuló por haber decidido acercarse hasta allí sin más demora.

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Alquiló una tumbona y una sombrilla y se preparó para su día de playa. Se desnudó del todo. Primero se quitó los pantalones cortos, luego el speedo y, por último, la camiseta. Se acomodó, repantigándose en la resistente lona azul de su hamaca, dispuesto a disfrutar del espectáculo que se ofrecía ante sus ojos. La brisa cálida le acariciaba la piel en toda su superficie, por todos sus rincones. Resultaba muy agradable. No había ninguna duda, el nudismo es siempre la mejor opción.

Aquella parecía una playa más social que la del Calipolis, más abierta al diálogo y, ejem, a la posibilidad de hacer amigos. De hecho, Joel pensó que, a juzgar por los distintos grupos que conversaban animadamente en la orilla aquello tenía un algo de patio de vecinas. Todo el mundo parecía conocerse desde tiempos muy pretéritos, había risas y camaradería. Joel se consideraba un tipo bastante extrovertido, su carácter era franco y abierto y su profesión le exigía don de gentes. Era un poco relaciones públicas, con dotes de buen comunicador. No obstante, ahora no estaba en modo trabajo y no tenía un mayor interés en hacer nuevos amigos. No se había desplazado hasta allí con tal fin. Entablaría conversación con quien quisiera pero, eso sí, cuando ésta surgiera de manera espontánea.

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Observó a la gente de la orilla. Había un daddy típico, con el pelo completamente cano, que les mostraba algún detalle de su polla a sus amigos. Estos rompieron a reír. Joel reparó con sorpresa en que conocía a dos de ellos. No sabía sus nombres, pero eran nounours parisinos, los tenía más que vistos en el Bear’s Den. Descartó la posibilidad de acercarse a ellos y saludarlos. Aquellas situaciones eran muy típicas del ambiente gay y sabía muy bien cómo afrontarlas: actuar como si no los hubieras visto en la vida. La pregunta era, ¿cuántos grados de separación existían entre un osito y otro? ¿Tres? ¿Dos? ¿Uno? Contacto. Joel quería otro tipo de contacto. Miró a su derecha y descubrió a un grupo donde predominaban los chasers. ¡Bien! Quizá una docena de ellos. ¡Estupendo! Además, juraría que estaban hablando de él, puesto que el más guapo de la pandilla señalaba en su misma, precisa y exacta dirección. Era muy moreno y, como el resto de sus amigos, llevaba la barba de rigor. Podría ser español, italiano o turco, ¿qué más daba?

–Ahora sí, esta playa es La Playa –se dijo para sus adentros.

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Decidió meterse en el agua, con el fin de descubrir si alguno de aquellos chicos iba tras él. Dio un largo sorbo de su botella de agua mineral para hidratarse, se levantó y se acercó a la orilla. El agua estaba tan fría que dudó sobre la conveniencia de bañarse. Además en aquel momento no había ningún valiente dentro. Por algo sería.

Con todo, hizo de tripas corazón y llevado por el optimismo avanzó sin pensarlo más. El shock térmico le hizo exclamar un par de tacos y, tristemente, su polla se encogió hasta alcanzar el tamaño de un garbanzo. Maldita sea. Tomó nota mental de que debía volver a aquella playa pero en pleno verano, cuando todas las condiciones climáticas fuesen óptimas.

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Tras un gran ejercicio de relativización (¿cómo serían las aguas polares?) y de autocontrol, se acostumbró a aquella temperatura y poco a poco empezó a relajarse, a disfrutar. Lanzó una mirada al grupo de chasers. Allí estaban. Parecía una pandilla muy bien avenida, como todas las demás. Si bien, percibió un matiz diferente en esta. Había algo oscuro, misterioso e indefinible en aquellos chicos. No eran como los demás grupos que conformaban el patio de vecinas que, a la postre, resultó ser la playa de los ositos. Unos minutos antes, cuando estaba en la orilla, ya había reparado en que parecían todos hermanados por algo, ¿pero por qué? La única pista que parecía apuntar en esa dirección era aquel tatuaje idéntico que todos llevaban en el mismo lugar, en la pantorrilla derecha. Joel había intentado distinguir cuál era el motivo de aquel dibujo pero, sin prismáticos, no era posible. Naturalmente, su curiosidad se había multiplicado.

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Desvió la vista en dirección a la línea del horizonte y optó por hacer un par de largos. Por fin había entrado en calor. Nadó hasta una gran boya blanca y luego regresó hasta el lugar aproximado donde había estado, en una zona donde el agua no le cubría del todo. Meó en las aguas del mediterráneo y se tumbó boca arriba haciendo el muerto. Ofreció su magnífica barriga al sol de poniente. Una reluciente redondez cuya piel húmeda producía destellos que le daban un barniz de ensoñación e irrealidad a la escena. Joel flotaba sobre el agua en perfecto equilibro, la quietud del mar lo permitía. Sentía los rayos del sol sobre sus mejillas, una cálida y muy agradable sensación que le llevó a abstraerse y confundirse con la propia felicidad del momento. Viajó hasta una dimensión de paz, armonía y silencio. Por eso le sorprendió tanto aquel chapoteo repentino y aquella voz varonil inesperada que le decía:

–Cómo flotas, tío.

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Joel no entendió bien lo que le acababa de decir aquel chico. Era el más guapo del grupo. Se había llevado el premio gordo. Finalmente, había acudido a su encuentro. “Por fin he pescado algo”, pensó para sí, “¡gracias divinidad de las aguas!”, agradeció a Neptuno mientras caía irremediablemente presa de la sonrisa de aquel bronceado y apuesto muchacho. Y en su ingenuidad, Joel aún estaba lejos de sospechar que era a él a quien habían pescado.”

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