¿Cómo de intenso?

Josh McKenna ©

Me dijo que era heterosexual y que no pensaba cambiarse. Él no pensaba cambiarse, ¿vale? Miré sus labios carnosos y sus mofletes sonrosados de lechón. Lo había visto desnudo en los vestuarios. Tenía unas nalgas suaves del color de la inocencia y un ojete rosa sin usar. Hice un gran globo de chicle a modo de respuesta. Cuando explotó sobre mi frondoso mostacho recuperé virutas de fresa ácida con mi lengua y me las llevé a la boca. Quiero follarte, le dije sin pestañear. Sus tersas mejillas enrojecieron un poco más y el rubor desencadenó una pregunta. ¿Duele? Su expresión era la de haber mordido una almendra amarga. Yo seguía mascando el chicle y le respondí: no lo mires por ese lado, digamos que será intenso. La electricidad entre nosotros aumentó cincuenta voltios y elevó la temperatura. Cuando me preguntó ‘¿y cómo de intenso?’ yo ya sabía que lo tenía en el bote.

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Novelas de osos

Ya disponible mi nueva novela de osos: ‘Diez gorditos’

Una extraña invitación. 

Una mansión aislada. 

Una improbable reunión de viejos amigos. 

Un peligro invisible. 

Un misterio que resolver. 

Palabra de Oso celebra su décimo volumen con un irresistible enredo erótico-festivo, un homenaje travieso y desenfadado a la gran Agatha Christie y a las clásicas novelas de misterio. Diez gorditos es el número más especial de toda la colección: más páginas, más carne, más sexo y un inesperado reencuentro con un montón de adorables personajes que regresan del pasado para poner a prueba la resistencia del incombustible Marc Kaplan.

Quiero mostrar mi más sincero agradecimiento a Gianorso por la preciosa fotografía que ha servido de base a esta portada tan especial. Grazie Gianni!

Puedes comprarla en formato digital y en papel a través de Amazon y iTunes.

Lee el primer capítulo de Diez gorditos.

Su gran premio


Llevaba un buen rato disfrutando de aquella polla, devorándola y saboreándola sin prisas, engullendo todo el tronco hasta sofocarse. Había conseguido despertarla y proporcionarle una envergadura asombrosa. Tras robarle unas nuevas gotas de precum, degustó el delicioso licor y decidió que la necesitaba en lo más profundo de su culo, la quería ya, en ese preciso momento, sin excusas, por el ojete, toda entera, cuan larga era, penetrando su culo gordo y agradecido. Una vez dentro apretaría las nalgas hasta endurecerlas como el metal y ceñiría su gran premio con ellas, lo atraparía, ¡estaba en su poder!, y le exigiría toda esa leche caliente que —honestamente— le pertenecía a él y solo a él. Joder, ¡se la había ganado!

La única certeza en el mundo

Una hermosa polla tiesa era una certeza y esa era una cuestión que había que valorar en toda su importancia. En otras palabras, un pollón largo y grueso surcado por venas oscuras y tejido sensible. Por momentos su mente académica casi se había visto reducida a la nada. Todo resultaba abstracto, dudoso o indemostrable. Allí era donde le había dejado la resaca de la posmodernidad. En medio de un desierto. Por eso había decidido echarse en manos de un amante tras otro. Él era un hombre gordo en la madurez de su vida cuyos principios científicos se evaporaban en la aridez del terreno. Pero él era un hombre todavía atractivo capaz de despertar erecciones rotundas en sus amantes. Porque, vale la pena insistir, aquellas pollas estaban así de duras y tiesas por él, por sus carnes generosas y armoniosas, y también por ese rostro tosco esculpido por el escepticismo. De modo que antes de ser penetrado por una de aquellas hermosas pollas se recreaba en el sabor de la certeza. ¿Estaba dura aquella polla? Cierto. ¿Se encontraba en ese estado por su causa, debido a su atractivo? Más que cierto. Cuando la dureza se abría paso a través de su carne y le provocaba aquella sensación de intenso placer su cuerpo rechoncho se estremecía como nunca, hasta el punto de eyacular unas gotas de bienvenida. Pero tal y como él lo veía, aquella bienvenida no era tanto para recibir aquella hermosa polla tiesa como para celebrar el poder y la gloria de la única certeza que existía.

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Novelas de osos

Absolutamente nada

Los pantalones de pana le sentaban de miedo, su culo pesado y rollizo me transmitió esa idea de solidez que siempre ando buscando. Era un señor y ya no estaba para tonterías, podías verlo en su cara; sus ojos cansados habían visto demasiadas cosas, nada podía sorprenderle. Clavé mi mirada en la suya de un modo franco, poco más se podía añadir. Nos quedamos así, saboreando nuestro deseo mutuo durante demasiado tiempo, lo supimos cuando el metro se detuvo abruptamente y la fealdad que nos rodeaba volvió a tomar forma. Se bajó en aquella parada sin volver la vista atrás, pude haberle seguido pero a los dos nos pareció más elegante dejarlo allí. Nada podría estropearlo. Absolutamente nada.

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