Dáselo

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Recuerda que lo que más le gusta es que lo usen, quiere vivir la fantasía de ser una puta obediente, su mente sigue obsesionada por la idea del pecado, de ahí que follar con él resulte tan intenso. En cuanto lo veas, pídele que se quite esos vaqueros que le oprimen y también esos calzoncillos blancos de algodón que te recuerdan a un pasado analógico. Pídele que se agache contra el escalón de modo que pueda ofrecerte su culo cómodamente, verás que sus nalgas son suaves y tienen un tacto casi infantil, lo cual las vuelve más excitantes. ¿Qué quieres que te diga? Yo las prefiero a unas nalgas peludas. Te lo digo en serio, si escupes sobre ellas tu mano las sentirá como una carne apetitosa. Por descontado, tiene la convicción de que su deber es satisfacer al macho. No dudará en hacer lo que le ordenes. Si aceptas un consejo, susúrrale cosas sucias al oído mientras se la clavas: lo tendrás completamente a tu merced. Llámalo por su nombre y recuérdale lo que espera de ti. Dáselo.

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Las cosas que él me dijo

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Me dijo que allá por Filadelfia nadie mostraba demasiado interés en follarse un culo gordo como el suyo, que de hecho llevaba más de un año sin que se ocuparan de él. También me dijo que solía ser activo hasta que un día dos tíos lo ataron y se dedicaron a follarle ese culo gordo por turnos durante horas. Me contó que después de aquello se había convertido en una zorra pasiva sumisa. Me pidió que fuese su amo, que buscase una casa con sótano donde pudiese tenerlo desnudo las veinticuatro horas del día a mi entera disposición. Me dijo que si realmente me gustaba y tenía interés en seguir disfrutando de su culo debía marcarlo como al ganado. Me insistió en que buscase esa casa porque él no podía alojarme. Me sugirió que buscase a otro tío activo para que le diéramos su merecido entre los dos. Tan solo pedía que usáramos su ojete sin preguntar, que él estaría disponible para nosotros las veinticuatro horas del día. Me dijo que si cumplía con todo aquello y lo trataba como al cerdo que era estaba dispuesto a limpiar mi agujero con la lengua siempre que usara el baño. También me animó a que le aplicara descargas eléctricas sobre su polla inútil. Me suplicó una vez más, por favor, amo, úsame. Pero yo no merecía ese nombre, aún no había tomado ninguna decisión, básicamente me había limitado a decirle que lo encontraba muy sexy.

Vámonos

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Se encontraron en el café de la estación. Jürgen había tomado un vuelo desde el aeropuerto de Amberes y durante el viaje sus escasos cabellos se habían revuelto de forma cómica, otorgándole el aspecto de un director de orquesta irascible. Había dejado en Bélgica a su mujer y a sus dos hijos pequeños. Le esperaba un congreso sobre traducción y alguna que otra alegría paralela. Le pidió a la camarera un café corto y un vaso de agua. El chico estaba junto a él y bebía una cocacola. Su mirada atravesaba la enorme cristalera, concentrada en las complicadas maniobras de un autobús en medio del tráfico. Jürgen vestía una elegante gabardina de color crema aunque a nadie se le escapaba que su cuerpo era demasiado voluminoso como para poder abrocharla. Era dos  tallas más pequeña de lo debido y, si uno se fijaba lo suficiente, podía apreciar una pequeña mancha oscura en la solapa izquierda. El autobús desapareció por la avenida y el chico perdió interés por la escena. Se volvió hacia su acompañante y le dedicó una sonrisa de complicidad. Jürgen le habló en un perfecto castellano.
»Esta vez quiero que sea diferente. Quiero que me folles sin condón. Sentir el contacto de tu enorme polla atravesando mi culo, ensartándome sin piedad. Es muy importante para mí, no puedo explicártelo pero es algo que necesito experimentar contigo, sabes que yo no soy así pero me excitas como nadie y no es una cosa que yo vaya pidiéndole al primero con el que me acuesto. Yo estoy limpio y tú estás limpio. Podemos hacerlo. Quiero sentir tu piel contra mi piel, los chorros de tu leche saliendo disparados y estrellándose contra las paredes de mi agujero. Quiero sentirte muy duro dentro de mí y que cuando saques todo tu pollón, mi ojete se vea completamente dilatado y reventado por tus embestidas de macho, que una gota de tu jugo se deslice hasta las sábanas y quedarme derrotado y extasiado sabiendo que te llevo muy adentro. Haces que me sienta muy puta, quiero entregarme a ti por completo y que me uses a tu antojo.

Dicho esto, Jürgen se bebió el vaso de agua y se humedeció los labios con la lengua. Había hablado sin interrupción. Con disimulo, el chico se llevó una mano a la entrepierna, terminó su cocacola, dejó unas monedas sobre la barra y le dijo ‘vámonos’.

 

El año del navegante

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Termina el año y no está de más hacer un pequeño balance de lo que ha supuesto este 2017 para esta aventura que tantas alegrías me está dando, a mí y a todos aquellos lectores repartidos por todo el mundo que me escriben mensajes de agradecimiento por los buenos momentos proporcionados por las aventuras de Marc y Theodor Kaplan a lo largo de la serie Palabra de Oso.

Quiero aprovechar este espacio para transmitirles mi deuda para con todos ellos porque su entusiasmo es mi entusiasmo, en definitiva, el verdadero combustible que impulsa este proyecto pionero empeñado en crear un imaginario erótico y sensual para todos aquellos que amamos a los tipos grandes, rotundos y robustos, sin olvidarnos tampoco de la diversidad de cuerpos y de la felicidad que encontramos en celebrar un gusto amplio que escape de la norma estética establecida.

Precisamente, una de las palabras clave que se perfila en nuestro horizonte de manera cada vez más nítida es esa: diversidad. Uno de los propósitos con los que abordamos el nuevo año es el de abrirnos aún más a la diversidad, mantener el espíritu Palabra de Oso pero tratando siempre de abrazar la variedad de cuerpos y deseos que encontramos a nuestro alrededor.

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Este año que se despide me deja con la sensación de que me queda mucho por decir, de que los ánimos siguen muy arriba y de que me sigo divirtiendo horrores con esta aventura. La primavera pasada publiqué la que de momento es la última novela de la serie, El navegante de los sueños, la octava entrega ya y que lejos de anunciar un final de etapa más bien anuncia lo contrario. Aún me queda mucho por contar.

Otra de las satisfacciones que me ha traído este año que termina es disponer del tiempo necesario para seguir actualizando esta web y seguir alimentando el debate en torno a lo que podríamos denominar cosas de osos. También me he dado el gusto de ir ampliando el universo Palabra de Oso a través de una serie de microrrelatos que seguiré publicando desde aquí. De modo que el universo PdO se expande y lo seguirá haciendo a lo largo del próximo año, en el que prometo nueva novela (para la primavera) y pequeñas ficciones paralelas que irán aumentando el tórrido imaginario de Bob Flesh.

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En el 2018 se cumplirán cinco años de la publicación de mi primera novela, Todo empieza en Nueva York. Un periodo lo suficientemente amplio para reafirmarme en la intuición que me llevó a ponerme en marcha –hacen falta ficciones literarias hechas a la medida de todos aquellos que amamos una gran diversidad de cuerpos– y me comprometo a continuar disfrutándola con vosotros.

Porque Bob Flesh quiere follarte con la mente, acércate, ven, gocemos juntos, está tan caliente que podrías quemarte, sigamos navegando por las excitantes mareas del placer a lo largo y ancho del nuevo año.

Feliz 2018 para todos.

Vapor

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No tengo por costumbre seguir a un hombre porque sí. Algo me empujó a hacerlo, aunque no puedo decir que fuese su atractivo personal o su envergadura de boxeador retirado con sobrepeso. Caminaba con nerviosismo, echando la vista atrás continuamente pero sin reparar en mi presencia. Era evidente que arrastraba una historia y yo quería saber más.

Le seguí hasta el vapor, que es como llaman a la sauna por aquellas latitudes. Eso podía explicarlo todo o no, yo seguía sin estar seguro del todo. Nos cruzamos en las duchas pero —una vez más— me ignoró. Buscaba algo que siempre estaba más allá de donde yo me encontraba. Alguien me tomó del brazo y tuve que sacudirlo con un gesto violento para que me dejase en paz. Se están perdiendo las formas, o eso pensé en aquel momento.

Lo encontré minutos más tarde en una sala llamada El gimnasio. Era una habitación deslucida con un banco forrado de cuero rojo y un par de anillas suspendidas del techo. Estaba desnudo haciendo una larga serie de flexiones. Desde mi rincón, pude percibir el esfuerzo que suponía levantar aquel cuerpo colosal, pero por suerte cada movimiento obtenía recompensa: su robusta polla entraba y salía de entre los labios de un hombre tumbado sobre el suelo. Las nalgas del boxeador se endurecían debido a la tensión, las gotas de sudor se deslizaban sobre ellas como si se tratase de una competición. El hombre que le asistía se limitaba a recibir aquel pollón en la boca una y otra vez. La cosa iba con él pero solo en parte. En cierto modo podría decirse que su presencia era anecdótica, casi despreciable, un poco como la mía.