Una cara entre la multitud

Vi una cara conocida, alguien con quien solía follar en el pasado, un viejo amante que tenía la peculiaridad de ronronear mientras disfrutaba de su premio. En la cama o en el baño de aquel love motel del centro era generoso de un modo irresponsable, siempre conseguía arrastrarte un poco más allá, empapar tus dedos en tu propia saliva y llevarlos a su boca antes de ofrecerte su cuerpo redondeado como un lienzo en blanco. Le usé de todas las formas que mi sucia imaginación exigía, recuerdo sus tobillos entre mis piernas mientras su culo subía y bajaba ante mis ojos. Tenía una hermosa espalda y unas nalgas suaves. Era un incendio que arrasaba con todo lo que se encontraba. Para él follar era saborear la fruta madura después de un largo ayuno. Luego pasó algo y aquella irresponsabilidad suya sacudió mi mala conciencia, supongo que tenía demasiadas papeletas para ser apuntado por mi dedo acusador. Menuda estupidez la mía. Al ver su cara entre la multitud recordé aquel ronroneo y me sentí como un imbécil. 

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Nunca subestimes a un power bottom

Para Tony follar era un combate. Solo uno de los dos se proclamaría vencedor. Para él la lucha consistía en aguantar las embestidas del empotrador y encajar aquellas grandes pollas en su experimentado culo. El polvo era todo un viaje que podía alargarse más o menos, en función de la resistencia de ambos. Las caderas del otro se movían con suavidad al principio pero solo al principio y en ocasiones ni eso. Poco después el sudor cubría ambos cuerpos y los empellones sacudían las redondeces de Tony con una furia absolutamente fuera de control. Era el momento de los insultos. Tony se desgañitaba insultando al macho, llamándole ‘bastardo hijo de puta’ y cualquier cosa que le pasara por la cabeza. Aquel respondía redoblando su esfuerzo, con el sudor cubriéndole la frente, los ojos escocidos y la necesidad de conquistar de una vez las nalgas carnosas que tenía entre manos. Y el tiempo pasaba. Y el desafío aumentaba hasta convertirse en algo mayor que se les iba de las manos. Pero nunca subestimes a un amante como Tony. Sabe follar como nadie y no se conforma con cualquier cosa, te exigirá que acabes con él sin contemplaciones o que te sometas al poderío del auténtico power bottom. Cuando el enemigo se derrumbaba sobre su cuerpo empapado, el orgasmo se escuchaba a dos manzanas. La expresión “you bastard!” seguía saliendo de su garganta pero ahora a modo de ronroneo. Su cuerpo entero se estremecía por el placer que proporciona la victoria. Hasta donde yo sé, permanece invicto. Así es Tony. 

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¿Quieres sexo de calidad?

Hablaba de cosas como ‘orgasmos de calidad’, ‘sexo de calidad’, de aquello que ‘marca la diferencia’, no hablaba de los lugares a los que había llegado mientras le follaba, mientras nuestros cuerpos se convertían en una unidad y se precipitaba en las profundidades del dolor y del placer. Lloraba a lágrima viva por la gracia que le había sido concedida. Porque él era un brillante hombre de negocios que no había conocido nada igual en la vida. Aquellos orgasmos ‘eran de calidad’, decía, pero en su boca sonaba como un mero parámetro empresarial, como una reunión en la cumbre, como el pico de un éxito en un contexto de crisis. Si me pongo a pensarlo ahora casi me arrepiento: debería haberle dado más duro. ¿Quieres sexo de calidad? Tómalo.

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Jornada de nalgas abiertas

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Tenía uno de esos cuerpos neumáticos y redondeados que tanto me gustan. Follarle era poner en marcha toda una sinfonía de sonidos íntimos, profundos y desconocidos, enchufarle la polla de una tacada y tirar de uno de sus pezones hacía que su lloriqueo se quebrase en una amplia escala de registros, después de eso solo te quedaba subir la apuesta y llegar un poco más lejos, demostrarle las posibilidades del lenguaje físico y verbal, susurrarle al oído que pensabas usarle como la puta que era sin que te importara tanto gimoteo y todo lo demás. No tuve que decir mucho más, para entonces su ojete se había dilatado tanto que declaré el día jornada de nalgas abiertas.

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Era mi momento

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En la distancia su pelo gris parecía envolver su cara de un modo vaporoso, casi sobrenatural. La luz se proyectaba sobre su espalda y lo dotaba de su propia fluorescencia, el contorno de su rostro refulgía y parecía flotar en la oscuridad. Debo decir que como aparición no estuvo nada mal.
La habitación por horas no es de las que esperan, de modo que en cuanto abrimos la puerta nuestros pantalones ya estaban por los tobillos. Me gustó su ancho torso y la curva de sus nalgas bajo sus calzoncillos de algodón. Me eché sobre su cuerpo y nos comimos la boca con un hambre loca, como si aterrizáramos de un viaje de ácido. Quiso follarme y no pude negarme, las cosas habían dejado de depender de mí y yo ya tenía las piernas levantadas. La electricidad alimentaba nuestras miradas mientras me daba mi merecido. Se llevaba mi pie derecho a los labios y lamía su empeine mientras movía la cintura. Eché un nuevo vistazo a su rostro áspero y pensé que todo aquello ya lo había intuido en cuanto nos dimos la mano. Aquellos ojos no podían excluir la suciedad de su mirada y yo la quería toda para mí. Era mi momento.

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