Luc Besson, je t’adore

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Jeremy Enecio ©

Ayer fui al cine a ver Valerian y la ciudad de los mil planetas. Mirad, no puedo evitarlo, mi simpatía por Luc Besson crece al mismo ritmo que el presupuesto de sus películas. Valerian ha costado 180 millones de dólares y su estreno en los USA ha supuesto uno de los flops más flops que recordamos. La película empieza muy bien pero es larga, excesiva y a la postre no es para mí, pero todo ese despliegue kitsch, ese panteísmo naíf y esa conmovedora fe en el poder redentor del amor como elemento estructural de todo el desmelene argumental me enternece. ¿Qué queréis que os diga? No soy de piedra. Su filmografía es irregular y rica en locuras megalómanas como esa trilogía de los Minimoys que nadie que yo conozca ha visto. Yo me quedo con El quinto elemento y Adele y el misterio de la momia. También me gustan Nikita y Lucy. Besson cree en el amor y en las mujeres, es el eterno amante del amor y eso lo aleja de esa masculinidad tradicional de corte patriarcal, también es eso lo que le aleja del componente Avatar. Yo creo que cada vez se está poniendo más buenorro y también creo que debajo de la apabullante envergadura de su aparato… de producción se esconde un alma sensible que vive peligrosamente. Todo esto viene porque me tomaría una copa contigo, Luc. Quizá dos o tres. Observen esa sonrisa, es un hombre de bien.

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Déjalo que se queme

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Los diálogos preliminares entre él y yo se parecían mucho a los del porno, no tenían ningún interés, daban ganas de darle al avance rápido. Así que entramos en materia y él se convirtió en un volcán en erupción. Su cama era Pompeya y se disponía a ser arrasada por el fuego. Pronto empezó a gritarme y a suplicarme. “¡Viólame, viólame!”. Eso me llevó a pensar en lo mal que se lleva nuestra vida sexual con lo políticamente correcto. Me lo había quitado todo menos el sombrero, siempre me pedía que me lo dejase puesto. Empecé a sudar y él también. Sus nalgas tenían un tacto acuático, las zurré con ganas mientras él seguía gritando cosas sucias. El fuego nos hacía sudar cada vez más. “¡Me pones muy puta, joder!”. Cuando terminamos él empezó a roncar, estaba en paz consigo mismo y con el mundo. El sombrero me agobiaba y lo dejé sobre la cama. Dicen que trae mala suerte pero a mí me daba completamente igual.