Vapor

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No tengo por costumbre seguir a un hombre porque sí. Algo me empujó a hacerlo, aunque no puedo decir que fuese su atractivo personal o su envergadura de boxeador retirado con sobrepeso. Caminaba con nerviosismo, echando la vista atrás continuamente pero sin reparar en mi presencia. Era evidente que arrastraba una historia y yo quería saber más.

Le seguí hasta el vapor, que es como llaman a la sauna por aquellas latitudes. Eso podía explicarlo todo o no, yo seguía sin estar seguro del todo. Nos cruzamos en las duchas pero —una vez más— me ignoró. Buscaba algo que siempre estaba más allá de donde yo me encontraba. Alguien me tomó del brazo y tuve que sacudirlo con un gesto violento para que me dejase en paz. Se están perdiendo las formas, o eso pensé en aquel momento.

Lo encontré minutos más tarde en una sala llamada El gimnasio. Era una habitación deslucida con un banco forrado de cuero rojo y un par de anillas suspendidas del techo. Estaba desnudo haciendo una larga serie de flexiones. Desde mi rincón, pude percibir el esfuerzo que suponía levantar aquel cuerpo colosal, pero por suerte cada movimiento obtenía recompensa: su robusta polla entraba y salía de entre los labios de un hombre tumbado sobre el suelo. Las nalgas del boxeador se endurecían debido a la tensión, las gotas de sudor se deslizaban sobre ellas como si se tratase de una competición. El hombre que le asistía se limitaba a recibir aquel pollón en la boca una y otra vez. La cosa iba con él pero solo en parte. En cierto modo podría decirse que su presencia era anecdótica, casi despreciable, un poco como la mía.

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El piloto de Lufthansa

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Nunca sé si me hablan en serio, me dijo. Era un tipo muy literal. Se le daba muy bien comprender los controles de la cabina de su Boeing 747 pero le costaba interpretar las emociones ajenas. Trabajaba para Lufthansa y no supo cómo leer mi rostro. El vuelo transoceánico le había alborotado el pelo y la barba. Parecía recién expulsado por un motor de reacción. Estaba agotado pero aún así insistió en que le acompañara hasta su hotel. Nos desnudamos y nos metimos bajo las sábanas. Lamía su agujero cuando alguien llamó a la puerta. Le dije que no lo hiciera. Nuestras pollas estaban demasiado duras. Se enrolló con la sábana y salió a ver. Era un chico que había acertado el número de habitación pero no el hotel. Aún así lo hizo pasar. Nunca supe si era cosa suya o del jet lag. 

Déjalo que se queme

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Los diálogos preliminares entre él y yo se parecían mucho a los del porno, no tenían ningún interés, daban ganas de darle al avance rápido. Así que entramos en materia y él se convirtió en un volcán en erupción. Su cama era Pompeya y se disponía a ser arrasada por el fuego. Pronto empezó a gritarme y a suplicarme. “¡Viólame, viólame!”. Eso me llevó a pensar en lo mal que se lleva nuestra vida sexual con lo políticamente correcto. Me lo había quitado todo menos el sombrero, siempre me pedía que me lo dejase puesto. Empecé a sudar y él también. Sus nalgas tenían un tacto acuático, las zurré con ganas mientras él seguía gritando cosas sucias. El fuego nos hacía sudar cada vez más. “¡Me pones muy puta, joder!”. Cuando terminamos él empezó a roncar, estaba en paz consigo mismo y con el mundo. El sombrero me agobiaba y lo dejé sobre la cama. Dicen que trae mala suerte pero a mí me daba completamente igual.