Sentirse perra

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Decía que todo se limitaba al placer de “sentirse perra”, de entregarse a los deseos del otro y ponerte a cuatro patas para sentir su polla furiosa taladrando tu ojete, dejarte follar hasta que tu cuerpo no fuese más que un apetitoso neumático para un sucio fin, el de dar placer y vaciar los cojones de tu hombre mientras sus piernas se ponen rígidas y sus caderas te sacuden como un puto animal. Esos segundos de profunda oscuridad tenían raros destellos de éxtasis que no puedes encontrar en otro lado, decía, un exquisito fundido a negro que rebosaba de satisfacción, la satisfacción de sentirse perra.

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Novelas de osos

El pantalón de chándal

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“Sabía a lo que venía y apenas pudo esperar, ni siquiera aceptó el vaso de agua que le ofrecí. Yo llevaba puesto un pantalón de chándal y resultó ser un acierto. Su mano tanteó mi polla a través del algodón y cuando la atrapó con sus cinco dedos sintió el despertar de la bestia. Se le escapó un suspiro de satisfacción. Le metí la lengua en la boca y mi mazo duro palpitó en su mano. Para entonces las cosas ya estaban definidas. Lamí su oreja y la mordí. Gemía como un cerdito. Le di la vuelta y le bajé los pantalones. Su culo era ancho y carnoso, pálido como una luna fosforescente. Abrí sus rollizas nalgas y encajé mi rabo sobre su raja. Allí se estaba bien pero lo que palpitó entonces fue su ojete. Supongo que estaba adelantándose a los acontecimientos, pero yo tenía claro que no quería que las cosas se precipitaran de cualquier manera. Dosificar la espera, posponer la gratificación resultaba esencial para llegar más lejos. No soy un tipo impaciente, si el sexo no me lleva lejos no me interesa”.

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Novelas Palabra de oso

Algo más de acción

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Sherwood no podía quejarse, había tenido sus momentos en aquellas anodinas habitaciones de hotel. Había probado pollas grandes y complacientes y las había saboreado antes y después de introducirlas por su agujero del amor. Las había puesto duras con su depurado juego de lengua y su esmerada técnica de garganta profunda, luego las había cabalgado mirando al horizonte como si no hubiera un mañana y, solo por variar de postura, se había dejado empotrar durante un buen rato, hasta desplazar la cama kingsize un par de metros más allá. Para terminar, había eyaculado un poderoso chorro de leche fresca sobre su pecho caliente y se había puesto a roncar. Poco después se había despertado solo en la cama y todo hubiese pasado por un sueño de no ser por ese inconfundible escozor en su maltratado ojete. Al apretar las nalgas conseguía evocar destellos de la polla conseguida y se recreaba en aquella exquisita sensación. A decir verdad, pensaba mientras se sacudía las perezas, estaba preparado para salir a buscar algo más de acción.

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Hubiese jurado que era mi nombre

Su cuerpo redondeado era el mejor instrumento en manos de un virtuoso. En aquella ocasión el virtuoso fui yo pero el mérito era todo suyo, tenía la sabiduría que aporta la edad. Su cama era de las de antes, allí se habían pegado polvos decimonónicos después de suculentos almuerzos. Su desnudez hablaba el lenguaje del amor y no me resultaba desconocido, solo había que dejarse llevar. Estimulé las profundidades de su hermoso culo con mis dedos, la nuez del placer respondía con descargas de intensidad eléctrica que tensaban su espalda y lo animaban a mover sus nalgas con movimientos salvajes. Supongo que fuimos subiendo la apuesta. Nuestros cuerpos estaban empapados de sudor y chapoteaban en plena fiesta. En aquel momento su cama ya era todo un cosmos sin esquinas ni límites visibles. Mis dedos seguían afinando aquella obra de ingeniería erótica. Ahora mi mano era un puño que tonteaba con penetrar aquel húmedo torbellino. Claro que podía entrar — joder, batía palmas por recibirme—, pero mi polla estaba a plena asta y no necesitaba banderas para anunciarlo. Cuando se la clavé murmuró algo sucio que no pude oír. Hubiese jurado que era mi nombre. 

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Un speedo mojado

Bájame el bañador y ponte a comer polla, me dijo mientras hojeaba una revista en la tumbona. Lo soltó con despreocupación, como si no fuese con él y no hubiese más que hablar. La piel de sus caderas estaba fría y húmeda por el reciente baño en la piscina, pero su rabo me pareció caliente cuando me lo llevé a la boca. Levanté sus tobillos para sacarle el speedo y volví a meterlo entre mis labios. Se puso duro al momento y el elogio encendió una mecha en mi interior. Su tronco se deslizaba suavemente hasta mi garganta en movimientos sistemáticos y precisos. Necesitaba más. Extraje aquella magnífica pieza en toda su longitud y la admiré por su belleza. Su extremo relucía de una manera lúbrica, llamando la atención sobre su condición de volcán a punto de explotar. Cuando por fin ocurrió, la electricidad del instante me sacudió en un éxtasis húmedo que no había conocido en la vida, el tiempo se detuvo y yo me concentré en aquel speedo mojado a los pies de la piscina, luego tuve que cerrar los ojos porque desaparecí por completo y solo había sensaciones.

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