Facultad del Folleteo

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Me licencié en la Facultad del Folleteo sin grandes aspavientos, lo tomé tal como venía, mi polla improvisaba, sabía comportarse, tú siempre obedecías (aunque ahora que lo pienso, era yo el que acudía). Hubo semanas de oro —de las del pleno al quince— y algún polvo olvidable, no malgastaré energías en maldecir a nadie. Me licencié con excelencia aunque siempre se puede llegar más lejos, me decía alguien. Cum Laude, Cum Load, Big Load, mucha cum y cómo conseguirla. Lo de ‘dame tu leche’ ya era un estribillo a estas alturas, música de ascensor o la casilla de salida. Yo me doy por satisfecho, las camas eran blandas y los culos, entrenados, se adaptaban a mi idioma. Más te vale tener reflejos, el mal aliento te expulsará de más de un lecho y harás bien en salir corriendo, también aprendí eso. Follar o no follar, tanto da la cosa, si no había risas me abstenía. A ti te encantaba, cómo lo gozabas, siempre suplicando, mendigando bola extra, cómo te pasabas. Aquí tienes la piscina, precipítate si te apetece, la medida es desmedida, pura maravilla —pero también— posible pesadilla, es preciso que lo sepas. La conclusión viene sola, quema el boletín de notas y no esperes demasiado, todo lo demás viene regalado.

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ESTOY DURO

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Le pregunté si me dejaría follarle y me respondió con su indiferencia habitual. “Claro que sí”, dijo sin darle ninguna importancia. La vida es una víbora bien retorcida, porque era esa manera de encogerse de hombros ante la sucia pregunta lo que me calentaba como a un depredador en celo. Por supuesto, yo ya conocía la respuesta. Era ese desapego lo que buscaba, esa manera de negarle toda importancia al hecho de ofrecerme ese culo veterano y tragón para ser disfrutado por mi polla traviesa. Supongo que el siguiente paso lógico sería pedirle que hiciese un crucigrama mientras lo tenía a cuatro patas. Casi puedo verlo rellenar el 4 vertical. A decir verdad, estoy duro.

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Sentirse perra

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Decía que todo se limitaba al placer de “sentirse perra”, de entregarse a los deseos del otro y ponerte a cuatro patas para sentir su polla furiosa taladrando tu ojete, dejarte follar hasta que tu cuerpo no fuese más que un apetitoso neumático para un sucio fin, el de dar placer y vaciar los cojones de tu hombre mientras sus piernas se ponen rígidas y sus caderas te sacuden como un puto animal. Esos segundos de profunda oscuridad tenían raros destellos de éxtasis que no puedes encontrar en otro lado, decía, un exquisito fundido a negro que rebosaba de satisfacción, la satisfacción de sentirse perra.

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El pantalón de chándal

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“Sabía a lo que venía y apenas pudo esperar, ni siquiera aceptó el vaso de agua que le ofrecí. Yo llevaba puesto un pantalón de chándal y resultó ser un acierto. Su mano tanteó mi polla a través del algodón y cuando la atrapó con sus cinco dedos sintió el despertar de la bestia. Se le escapó un suspiro de satisfacción. Le metí la lengua en la boca y mi mazo duro palpitó en su mano. Para entonces las cosas ya estaban definidas. Lamí su oreja y la mordí. Gemía como un cerdito. Le di la vuelta y le bajé los pantalones. Su culo era ancho y carnoso, pálido como una luna fosforescente. Abrí sus rollizas nalgas y encajé mi rabo sobre su raja. Allí se estaba bien pero lo que palpitó entonces fue su ojete. Supongo que estaba adelantándose a los acontecimientos, pero yo tenía claro que no quería que las cosas se precipitaran de cualquier manera. Dosificar la espera, posponer la gratificación resultaba esencial para llegar más lejos. No soy un tipo impaciente, si el sexo no me lleva lejos no me interesa”.

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Algo más de acción

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Sherwood no podía quejarse, había tenido sus momentos en aquellas anodinas habitaciones de hotel. Había probado pollas grandes y complacientes y las había saboreado antes y después de introducirlas por su agujero del amor. Las había puesto duras con su depurado juego de lengua y su esmerada técnica de garganta profunda, luego las había cabalgado mirando al horizonte como si no hubiera un mañana y, solo por variar de postura, se había dejado empotrar durante un buen rato, hasta desplazar la cama kingsize un par de metros más allá. Para terminar, había eyaculado un poderoso chorro de leche fresca sobre su pecho caliente y se había puesto a roncar. Poco después se había despertado solo en la cama y todo hubiese pasado por un sueño de no ser por ese inconfundible escozor en su maltratado ojete. Al apretar las nalgas conseguía evocar destellos de la polla conseguida y se recreaba en aquella exquisita sensación. A decir verdad, pensaba mientras se sacudía las perezas, estaba preparado para salir a buscar algo más de acción.

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