RECORDANDO A GIANFRANCO FERRÉ

Polaroid by Andy Warhol

Gianfranco Ferré (Legnano, 1944- Milán, 2007) fue un diseñador y empresario de éxito dentro del mundo de la moda. Arquitecto de formación, esteta consumado, muy celoso de su vida privada y con un fuerte carácter, su carisma estaba a la altura de su imponente corpulencia. Diseñador italiano de referencia junto a Armani o Valentino, lo recordamos como todo un icono que no tenía reparos en hablar de su orondo físico en un contexto vendido a la delgadez como norma estética oficial. A modo de homenaje, recuperamos una entrevista publicada en el año 2003 que sigue suponiendo toda declaración intenciones en estos tiempos de #BodyPositivity

[Entrevista extraída de aquí]

Vanidad y narcisismo. Gianfranco Ferré, 55 años, arquitecto de profesión, diseñador de carrera, 118 kilos llevados con gran facilidad, 1.520 mil millones de liras de facturación, 7.800 metros cuadrados de sede en el centro de Milán. Sí, es vanidoso y narcisista. Tiene una relación de gran afecto con el espejo. “Soy narcisista porque tengo un sentido innato del placer de la calidad. A menudo me miro en el espejo, sin problemas. Me gusto a mí mismo aunque esté fuera de la norma. Me llevo bien conmigo mismo. Hay complacencia en mí cada vez que veo mi imagen”.

Narcisista en última instancia.

Soy uno de esos a los que les gusta mirarse desnudo.

Y te gusta.

Me gusto a mí mismo, me gusta mi carne, me gusta la forma en que estoy hecho, me toco, me acaricio, me pellizco, estoy satisfecho de mí mismo.

Te gustas aunque estés fuera de la norma. ¿Ser grande no es un problema para ti?

Nunca ha sido un problema. No es como si hubiera nacido grande. Nací grande.

¿De buenas a primeras?

No, había etapas. Tuve un accidente antes. Me rompí la tibia, el peroné y el calcáneo y estuve enyesado durante un año y medio. Entonces dejé de fumar. Así que me fortalecí. Por otro lado, en mi familia, por parte de mi madre, hay una tradición de hombres fuertes. Y por parte de mi padre, hay una tradición de hombres atléticos y guapos.

Polaroid by Andy Warhol

¿Te gustan los hombres delgados?

No demasiado. Apenas aprecio a los hombres que son demasiado delgados. Me gustan los físicos con cierta solidez.

Eras aún más robusto de lo que eres ahora.

He cambiado mi tipo de dieta. Hago ejercicio.

La gimnasia es una tortura.

No. Es parte de la diversión de la vida. Sé que dentro de un tiempo seré un poco más ligero por este lado, un poco más delgado por el otro. Hago gimnasia tres veces a la semana. Tengo un joven entrenador que me dice todo, qué hacer, por qué, cómo. Ahora llevo tres semanas atrapado por una lesión en el brazo y es un dolor no hacerlo.

¿Te miras en el espejo sólo para complacerte?

No, incluso en tiempos de crisis.

¿Y qué es lo que haces?

Me miro a mí mismo, pienso, reflexiono.

¿Y habláis?

Sí, hablamos. Hablo mucho con el espejo y conmigo mismo.

Cuando habláis, ¿también decís cosas desagradables?

Me cabreo, digo: “Gianfranco, eres un idiota”, sigue, espera, los valores de la vida son diferentes, piensa en las penas reales.

Pero también es vanidoso.

Sí. Tuve la educación de un padre que era un hombre hermoso, siempre bien vestido. Aprendí lo que significa llevar una chaqueta, ir al sastre, elegir la corbata adecuada. Colecciono ropa, la guardo bien, soy exigente, preciso.

Si sales con la corbata equivocada…

No puedo salir con la corbata equivocada.

Cualquiera puede cometer un error.

No, es difícil para mí. Me miro en el espejo.

¿Qué llevas puesto?

Compro cachemir en Francia e Inglaterra, las telas y camisas son mías, tengo un sastre muy bueno.

¿Tienes un sastre?

Soy grande. Tengo un hombro más alto que el otro. Tengo un cuello cuadrado, detrás del cuello. Encuentro inapropiado que mi propia marca me haga un traje a medida.

¿Qué hay de los accesorios?

Los zapatos están más o menos hechos a medida en Lob’s o Berlutti’s, un italiano-francés. Me duran 20 años porque soy un conservador. Como todos los hombres, me apego física y emocionalmente a los zapatos, cinturones, corbatas. Tengo 15 corbatas.

¿También eres megalómano?

No. Creo que todo tiene que tener el tamaño apropiado.

¿El edificio en el que estamos tiene el tamaño apropiado?

Si este espacio es tan grande, es porque debería serlo. Sería absurdo que vinieras a Ferré y encontraras un espacio que no coincidiera con el nombre y el papel que Ferré tiene en la moda.

Natalia Aspesi lo llamó “sibarítico”.

El léxico de Natalia Aspesi tiene mucho de manipulador.

Pero la fiesta de inauguración fue sibarita.

Era un partido con un espíritu internacional, inadecuado para una burguesía milanesa. Pero nada sibarítico.

Una fiesta que cuesta mucho dinero.

Como las fiestas de otras personas. Aún menos.

800 millones.

Todo incluido, incluso la exposición que nos permitió hacer el libro sobre los veinte años de la compañía Ferré.

El hecho de que haya gente caminando con el nombre de Ferré, ¿es un estímulo para ti?

Ver un vestido mío que cubre diferentes superficies con diferentes caras y diferentes almas y que vive en el tiempo, porque a menudo sigue siendo hermoso y la gente sabe cómo usarlo, es una gran satisfacción. Ciertamente no me hace sentir como un arquitecto. Es el otro lado de mi narcisismo.

¿Te vestirías como Armani?

No. No pertenezco a esa clase de hombre. Soy una persona más emocional, menos estática. Armani es el uniforme adecuado para la gente que es más fría, menos apasionada.

¿Quizá de otro diseñador?

Sí. Pero con mezclas locas.

¿Haciéndole olvidar?

Haciéndolo Ferré.

Eres aclamado, celebrado, halagado.

No. Los momentos de alabanza y énfasis fueron en el pasado.

El bigote de Wilford Brimley

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Se confirma que el 2020 está siendo un año funesto para algunos de los referentes fundamentales de Palabra de oso. Tras las recientes bajas de Allen Garfield o Brian Dennehy, el pasado sábado 1 de agosto nos dejó el actor Wilford Brimley a los 85 años de edad. Para la comunidad osa Wilford era todo un Bear Icon por encarnar esa masculinidad protobear que alimentará su estética desde sus primeros años. Nacido en el estado de Utah, Wilford parecía un vaquero rudo de pocas palabras esculpido por los sólidos principios tradicionales del pueblo americano, no en vano apoyó la causa repúblicana en alguna ocasión. Con todo, creo que se lo podemos perdonar porque resultaba más achuchable que extremista.

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El síndrome de China, 1979

Antiguo marine, educado como mormón, rodeo man, herrador de caballos, guardaespaldas de Howard Hughes, padre de una numerosa prole, cantante country ocasional, diabético y embajador de dicha enfermedad en los USA, Wilford poseía un hermoso y viril bigote que funcionaba a la manera de ‘trademark’ para el respetable público. Su trayectoria como actor de carácter representa la quintaesencia del actor secundario visto aquí y allá en numerosos hitos de la cultura popular, desde la serie de TV ‘Los Waltons’ a éxitos como Cocoon (donde coincidió con el gran Brian Dennehy), The Firm o In&Out, comedia gay emblemática en la que su personaje llevaba a cabo un outing público muy recordado por sus seguidores. Su vocación fue tardía y fruto del azar. En el año 1977, cuando ya había tenido alguna experiencia (tirando a frustrante) en TV en la serie “Los Waltons” viajó a Los Angeles para transportar caballos y visitar a unos amigos, momento en el que los productores de El síndrome de China, en plena fase de elaboración del elenco, lo reclamarán para una audición. El éxito de la película (nominada a varios Oscar y ganadora de la Palma de Oro en Cannes) le aupará a una nueva condición de secundario con pedigrí que le permitirá trabajar en numerosas películas de prestigio y en muchas producciones comerciales de serie B.

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A menudo, Wilford interpretaba papeles de sheriff de pueblo dándole la réplica a actores machotes como Clint Eastwood, Charles Bronson, Robert Duvall (con quien le unía una gran amistad) e incluso Van Damme. Su rostro también era habitual en platós televisivos y su popularidad le convirtió en pasto de memes a costa de su intensísima labor de prevención de la diabetes o de su ruda condición de vaquero más auténtico que los Fritos Barbacoa.

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A mí esa masculinidad country western me pone bruto y cerdo a rabiar y quiero recordarlo como el icono y estupendo actor que fue. Lo he dicho muchas veces, I fucking adore a los actores secundarios con carácter, carreras azarosas, irregulares y prolíficas. Hoy le decimos adiós pero como todo icono está destinado a ser recordado a través de su legado, que vivirá para siempre, adiós Wilford, gracias por todo. Como nota final, no os perdáis este video extraído de un magazine norteamericano en el que rememora algunas anécdotas de su carrera e interpreta el clásico country Won’t You Ride in My Little Red Wagon. 

El Italo Disco fue grande con Gepy & Gepy

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Uno de mis más fieles seguidores, el Dr. Insermini, colaborador ocasional de esta web, me ha puesto tras la pista de una figura mítica del Italo Disco que desconocía. Se trata de Gepy, un portento de hombre, compositor, cantante y arreglista que gozó de sus quince minutos de fama durante la década de los setenta en Italia a través de éxitos menores -aunque inmortales- de la entonces incipiente música disco (Italo Disco en su vertiente italiana), un género que me embelesa y cuyo sonido me sigue seduciendo hoy en día.

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Wikipedia nos dice lo siguiente sobre su figura:

«Giampiero Scalamogna (13 junio 1943-3 julio 2010), más conocido como Gepy y Gepy, fue un cantante italiano, compositor, productor y arreglista. Por su potente voz combinada visualmente a su físico robusto fue emparejado a Barry White y Demis Roussos.

Nacido en Roma, Scalamogna debutó en 1965, cuando fundó el dúo Dany & Gepy con Daniela Casa, y poco después comenzó su carrera en solitario como Gepy y Gepy. En los años setenta se convirtió en productor de Ornella Vanoni con la que tuvo una canción a dúo de gran éxito, “Più”. A finales de los años 70 se centró en el género de la disco music, a través de la composición e interpretación de varias canciones como “Cuerpo a Cuerpo” (canción de apertura de la RAI programa de televisión Discoring) y “Blu” que se convirtieron en éxitos menores a través de listas europeas. Su canción “African Love Song” fue parte de la lista de reproducción Nicky Siano, DJ residente en el Studio 54. Murió a los 67 años de una forma grave de neumonía.»

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Y hasta aquí lo que nos dice Wikipedia. Nos parece natural que dada su condición de coloso, el bueno de Gepy, optara por duplicarse en su nombre artístico y pasara a llamarse Gepy & Gepy, un talento como el suyo siempre será al cuadrado. Siempre me hace feliz descubrir estrellas de la cultura popular que escapan de la norma física oficial y me provoca cierto regocijo admirar las portadas sexys de sus discos acompañado de bellas señoritas en esa sensualidad típicamente setentas. Esto nos demuestra que hubo un momento histórico en el que figuras como Gepy o el también portentoso Demis Roussos, pese a sus orondos físicos, eran capaces de colarse en el mainstream y en las listas de éxitos de Occidente. ¿Qué queréis que os diga? Echo de menos esa flexibilidad. En algunas cosas avanzamos pero en otras retrocedemos.

Para terminar, os dejo con uno de los temazos de Gepy & Gepy, su apoteósico Chi Io? (1978). Dale al play y ponte a bailar. ¡Viva Gepy, viva el Italo Disco!

Todos queremos a Brian Dennehy

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Aún estábamos llorando a nuestro querido Allen Garfield cuando el pasado 15 de abril nos dejó otro de nuestros actores favoritos, el actor norteamericano Brian Dennehy a los 81 años de edad. 

De físico imponente, casi dos metros de estatura, una corpulencia rotunda y descrito invariablemente con el calificativo de “barrell-chested”, es decir, pecho de tonel, Brian Dennehy poseía un rostro franco, una frente despejada y una mirada dura y carismática que le permitía moverse con facilidad de la luz a la oscuridad en función de lo que demandara el personaje. Con cierto aire de vieja escuela, al estilo de otro Brian (Brian Keith), lo mismo podía interpretar al adorable extraterrestre de la ñoña “Cocoon” (1985) que ponerse en la piel del célebre psicópata John Wayne Gacy en la miniserie “To Catch a Killer” (1991)

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El joven Dennehy sirvió en los marines de 1959 a 1963, aunque por suerte acabó librándose del frente bélico y del desastre de Vietnam. Su formidable forma física le permitió conseguir una beca deportiva para la Universidad de Columbia, donde se especializó en Historia aunque no tardó en cambiar los vestuarios por las bambalinas al sentir la llamada de la actuación. Estudió arte dramático en Yale y durante muchas décadas estuvo vinculado con el Goodman Theatre de Chicago donde desempeñó importantes papeles a lo largo de su carrera. Con todo, su carrera estuvo lejos de ser fácil. “Sencillamente, no me veían como actor”, declaró en numerosas entrevistas. La realidad era que con ese cuerpo de gorila y esas maneras de jugador de rugby no era tomado en serio por las agencias de casting. Pero, ¿sabes qué? Al mal tiempo buena cara, se dijo Brian. No solo perseveró sino que finalmente, a la respetable edad de 39 años, consiguió su objetivo. El año 1977 supuso su rotundo debut en el mundo de la televisión y se coló de golpe y porrazo en un buen puñado de series de éxito entre las que se cuentan “Kojak”, “La mujer policía”, “MASH” o “Lou Grant”, junto a nuestro icono máximo Edward Asner. 

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First Blood, 1982

Ese mismo año participó como actor secundario en películas importantes como “Serpico” o “Buscando al sr. Goodbar” y su popularidad seguirá creciendo. Será cinco años después, en 1982, cuando por fin le llega ese papel que lo pondrá de manera definitiva sobre el mapa de los actores de carácter (con carácter, más bien) dentro de la industria cinematográfica, nos referimos a su interpretación de sheriff cabrón empeñado en capturar al desdichado excombatiente del Vietnam John Rambo (Sylvester Stallone) en la mítica “First Blood”, primera entrega de la futura franquicia Rambo.

A partir de este momento, la carrera de Brian vivirá sus mejores años y no se cansará de portar la plateada insignia de la ley ni de repetir en las entrevistas lo muy a menudo que lo confunden con otro de nuestros favoritos, el inolvidable Charles Durning (curiosamente, primera opción para interpretar al sheriff de “First Blood”). Se trata de una confusión típica que suele afectar a los actores secundarios sobrados de kilos. A menudo los espectadores se lían, los mezclan e intercambian las caras y sus nombres. Sin ir más lejos es lo mismo que le pasaba en vida a nuestro llorado Bob Hoskins, confundido una y mil veces con Danny DeVito por parte del despistado público.

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Best Seller, 1987

Volviendo sobre la poderosa sombra de Brian Dennehy, los ochenta será su década más efervescente, en la que compaginará roles protagonistas y secundarios en películas recordadas como “Cocoon”, “Silverado”, “Peligrosamente juntos” o “Gorky Park”. Será la década en la que rodará también algunas de nuestras películas favoritas dentro de su filmografía, con mención especial al imaginativo thriller de conspiraciones “FX, efectos mortales” (1986) o a su interpretación de detective/escritor en pleno bloqueo creativo en la estupenda “Best Seller” (1987), junto a otro grande, James Woods y con guion de Larry Cohen.

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The Belly of an Architect, 1987

Durante ese mismo año, 1987, es reclamado por el realizador británico Peter Greenaway y Brian, hombre inquieto con ganas de evitar encasillamientos, protagoniza “El vientre de un arquitecto”, probablemente, su mayor momento arthouse dentro de una trayectoria eminentemente comercial y que le proporcionará un éxito personal y profesional recompensado con el premio al mejor actor en el Festival de cine de Chicago. Como no podía ser menos en una película de Peter Greenaway, Brian Dennehy tendrá que desnudarse por exigencias del guión y nos regala la vista con todo un estudio anatómico/cinematográfico de su propia fisicidad. Quien conozca las películas de Greenaway sabrá de su gusto por los cuerpos orondos y por recrearse en la carnalidad de sus volúmenes. Tras este pequeño paréntesis arty en su carrera, Brian continúa apareciendo en innumerables series y películas, aunque parece claro que su terreno más habitual a partir de entonces será la televisión, donde, siempre inquieto, asumirá otras facetas como la de realizador, llegando a dirigir un total de siete TV movies entre el año 1994 y el 2001.

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Silverado, 1985

Paralelamente a todo su trabajo delante de las cámaras, el bueno de Bryan nunca abandonará su pasión por el teatro, donde se labró toda una reputación en la que destacan dos interpretaciones mayúsculas, su personaje de Willy Loman en “La muerte de un viajante” (1999) o el de James Tyrone en la obra de Eugene O’Neill “El largo viaje hacia la noche” (2003), trabajos recompensados con sendos premios Tony. 

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FX, efectos mortales, 1986

Si uno consulta su ficha en IMDB descubrirá que se mantuvo activo hasta el momento actual y que su energía y su pasión por la actuación no conoció altibajos. Su corpulencia se correspondía con un notable volumen de trabajo que le llevaba a encadenar un papel tras otro y en pleno torbellino profesional no le hizo ascos al consumo inmoderado de alcohol, algo que le hizo atravesar algún altibajo personal del que acabaría redimiéndose posteriormente. Casado en dos ocasiones y padre de cuatro hijos (dos de ellos adoptados), Brian acababa de terminar el rodaje de una película y tenía otra en perspectiva. Y aunque nos ha dejado, su dilatada carrera y sus numerosos logros nos permitirán seguir tropezando con su rostro en docenas de películas y series que ya forman parte de nuestra memoria como espectadores y de nuestra educación afectivo-sexual. Su pecho de tonel y su talento como actor seguirán alegrándonos el día cada vez que nos pongamos alguna de sus pelis, y a todo esto, debo abandonaros porque voy a revisar ahora mismo su “FX, efectos mortales”, película que si no habéis visto, os recomiendo de todo corazón. ¡Te queremos, Brian!

En la ducha con Allen Garfield

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La semana pasada nos sacudió una mala noticia, nos ha dejado Allen Garfield a los ochenta años de edad por culpa del Covid-19. La figura de Allen Garfield es fundamental en el terreno de esos actores secundarios que tanto nos gustan, no demasiado conocidos pero prolíficos, carismáticos y merecedores de un capítulo memorable dentro de su profesión. El bueno de Allen apareció en más de un centenar de películas a las órdenes de directores grandes y pequeños entre los que destacan Robert Altman, Francis Ford Coppola, Woody Allen, William Friedkin, Roman Polanski y un largo etcétera. Para Palabra de oso supone además un mito erótico de altura por su papel de detective orondo y follador en la cinta de culto Cry Uncle (1971), una de esas raras ocasiones en las que el actor secundario alcanza un rol protagonista y se le permite hacer todas esas cosas sucias reservadas habitualmente a las bellezas oficiales de la pantalla. Sea como sea, siempre nos quedará su inmenso legado y la agradable sorpresa de tropezar con su rostro en muchos títulos favoritos y otros tantos que aún tenemos por descubrir, porque la estela de Allen permanece y no se apaga hoy.

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A modo de homenaje, hemos recuperado un largo artículo biográfico, firmado por un tal Conde Fosco, publicado en el Numero 0 del fanzine Un día cualquiera en la vida de Jonas Mekas allá por 2005, dentro de la sección Actores gordos. El artículo se titula:

EN LA DUCHA CON ALLEN GARFIELD.

Estamos orgullosos de inaugurar nuestra sección “Actores gordos” con una de nuestras estrellas favoritas: Allen Garfield. 

En su permiso de conducir pone que se llama Allen Goorwitz, traducible por algo así como ¡Soy Judío!  Vino al mundo una fría noche del veintidós de noviembre de 1939 en la localidad de Newark, como ustedes saben, la ciudad más grande del estado de New Jersey. Ahí donde lo ven (no se fijen todavía en la foto en la que nos da la espalda sino en la frontal)  es un verdadero peso pesado del mundo de la actuación. Su oronda figura ha sido vista en trabajos de gente tan simpática como Francis Ford Coppola, Brian De Palma, Robert Altman, Woody Allen, Milos Forman, Roman Polanski, Billy Wilder y otros más que pueden rastrear cómodamente en imdb.

Allen Garfield es un oso de pies a cabeza y Hollywood siempre ha sabido dónde colocar a un osazo de su talla: en la oscura galería de actores secundarios. En su mejor momento llegó a pesar ciento treinta quilos, eso sí, sus formas, lejos de ser amorfas, siempre han sido redondas y recias. Geometría pura, combinada con anchas espaldas, torso morboso y una barriga redonda bien peluda. Le hemos visto el culo en la que probablemente sea su gran obra maestra, “Cry uncle!” (1971) [también conocida ocasionalmente con el título de “Super Dick”].

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Hablaremos mucho de “Cry Uncle!” porque tiene la culpa de todo, es la película por la que Allen Garfield será recordado, su gran momento como protagonista absoluto, su Gran Salida de la Osera. En ella aparece en su estado natural. No sabemos qué significa eso, el caso es que Garfield interpreta a un detective privado de los que mojan la taza, de los que siempre necesitan un afeitado y de los que se follan cualquier cosa con curvas, viva o muerta. Está más cerca de Jim Thompson que de Raymond Chandler. Para que ustedes lo entiendan, Jake Masters, su personaje en “Cry uncle!” da la impresión de que vaya a tirarse un largo y sonoro pedo en cualquier momento. 

En su juventud, cuando su barriga estaba en su fase inicial y todavía pasaba por un robusto estómago, se interesó por el boxeo. La culpa de esta afición la tuvo su otra gran afición: el cine. El por aquel entonces Allen Goorwitz amaba el cine negro, sobre todo esas adorables historias de serie B con tipos de turbio pasado que se cruzaban con rubias de largas piernas. Tenía una fijación especial por “Cuerpo y alma” (Body and soul, 1947) de Robert Rossen, uno de los mejores acercamientos al mundo del boxeo desde el punto de vista de la crónica criminal. Su protagonista, John Garfield, se convirtió en un auténtico modelo a seguir para el Allen Goorwitz adolescente. Pronto dejó su trabajo de chico de los recados en un periódico local y decidió subirse al cuadrilátero con gran éxito. Pero, llegados los años sesenta, su verdadera vocación se impone y decide trasladarse a Nueva York. Allen Goorwitz pasa a llamarse Allen Garfield y se matricula en el Actors Studio.

En 1965 debuta profesionalmente, la obra: Un travía llamado deseo. Trabaja duro y en muy poco tiempo se labra una reputación como actor teatral, se patea Broadway y el Off-Broadway. El cine es su objetivo inmediato y no tardará en llegar.

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Estamos a finales de los años sesenta, los Panteras Negras son superhéroes, el Vietnam, el apocalipsis y la nouvelle vague francesa tiene abducida a la nueva generación de cineastas norteamericanos. A Garfield todo le parece estupendo. En el 68 interpreta a un vendedor de enciclopedias en su primera película: “Orgy Girls ’69”. Considerada también como su bautizo en la atmósfera erótico-festiva que desarrollaría poco más tarde en “Cry uncle!”. “Orgy Girls ’69” es un título sin desperdicio alguno porque contiene tres palabras básicas, “orgía”, “chicas” y “sesenta y nueve”. ¿Qué más necesita uno para saber que no se trata de una adaptación de Tennessee Williams?¿Un mapa? Aún así, les diremos es la típica película de episodios con situaciones en plan “vendedor de enciclopedias llama a la puerta de aburrida ama de casa”. En aquellos días, se acababa de levantar la prohibición de mostrar desnudos en las películas y las tetas y culos acaparaban todo el interés de productores y distribuidores. Russ Meyer hacía su agosto con sus desinhibidas zorras y Roger Corman se lo dijo claro a Scorsese, quien rodaba para él “Boxcar Bertha”: “Me da igual que tengas entre manos un engendro, tú, díme, ¿enseñará las tetas Barbara Hershey?”.

Es un buen ambiente, permisivo y alocado, en el que Allen Garfield empieza a tropezar con gente clave de la década próxima como Brian De Palma o Robert De Niro. Interviene en “Greetings” (1968) y en “Hi, mom” (1969), dos títulos clave en la fase underground de De Palma.

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Nos plantamos en 1971. El año de “Cry uncle!”. Allen Garfield tiene la sensación de que su carrera cinematográfica no acaba de despegar, está cansado de pequeños papeles en películas pequeñas y el teléfono apenas suena. Quería ser John Garfield y, sin embargo, empieza a verse como un Barton McLane. Se pasa días enteros atiborrándose de American Donuts y leyendo el Village Voice en su pequeño apartamento. La báscula le dice que va camino de las doscientas setenta libras, es decir, de los ciento veinte quilos. Un día de tantos, se mete en la ducha con oscuros pensamientos, cuando de repente recibe una llamada telefónica. A duras penas se coloca una rasposa toalla en la cintura y descuelga el auricular. Es Lee Hessel, productor de cine.

– Al, soy Lee, ¿te interesa un papel protagonista en una película de John G. Avilsen? 

Allen sintió cómo se deslizaban las frías gotas por sus gordezuelas pantorrilas y escupió a la manera neoyorquina:

– ¿John G. Avilsen? ¿tiene que sonarme?

Desde el otro extremo, la voz dijo:

– John G. Avilsen, no digas que te lo he dicho yo, pero en apenas cinco años habrá ganado un oscar por “Rocky”.

La cosa era como sigue. Avilsen aún no sabía que acabaría haciendo cosas como “Rocky” o “Karate Kid”, en ese momento era un don nadie que había rodado dos o tres películas de bajísimo presupuesto a mayor gloria de la contracultura y del fracaso del sueño americano, una de ellas,  “Joe” (1970), para una major. Ahora le habían asignado algo más cachondo, un blandiporno con un detective gordo, sucio y follador contratado por el inevitable millonario excéntrico. Una enrevesada historia con putas a tutiplén, pervertidos, porno casero, drogas, y créanselo, necrofilia. Una parodia salvaje del mundo del private eye, del detective clásico a lo Phillip Marlowe en hedionda clave “trash”/”hiperrealista”. 

En primer lugar, Avilsen le ofreció el papel principal de “Cry Uncle!” al actor Peter Boyle, con el que ya había trabajado en “Joe”. Peter era un fumeta que estaba en la onda y no era ningún mojigato, años más tarde, en los ochenta, interpretaría a un nudista compulsivo en “Una pandilla de locos” (The dream team), pero en ese momento no lo vio claro. Le dijo a John: 

– No quiero enseñar la chorra.

Allen Garfield se tomó un segundo para reflexionar, empapado como estaba, dejó caer la toalla al suelo, se rascó las ingles y le dio una respuesta al productor: 

– Voy a hacerla, voy a hacerla aunque mi escroto salga en pantalla.

Lee Hessel esbozó una sonrisa:  Allen había comprendido la naturaleza del personaje.

Frente al revisionismo caligráfico que imperó en el cine negro de los setenta al estilo de  “Chinatown” (1974), “Cry uncle!” anticipó el desmelene neohippy del “Un largo adiós” (1973) versión Robert Altman. La ambientación se vuelve contemporánea y se nutre de sordidez, hippismo y de los últimos coletazos del poder de las flores. El gran logro de “Cry uncle!” es su modélica chabacanería, una mugre que podemos rascar y oler en cada uno de sus planos. John G. Avilsen le prohibió al iluminador cualquier asomo embellecedor. En una de las numerosas escenas de sexo Jake Masters se deja lavar la polla por una prostituta sin interrumpir la banal conversación que mantiene con ella, a continuación se trasladan a una sucia cama que provoca picores en el espectador. Los lugares comunes del cine negro son contaminados sistemáticamente por un humor negro y un afán escatológico que viene a suplir alegremente la falta de presupuesto. 

El experimento fue un éxito, “Cry Uncle!! se rodó con apenas doscientos mil dólares y acabó recaudando casi diez millones. Todo un bombazo en el mundo del bajo presupuesto pero, por desgracia, insuficiente para pasar a la Historia del Cine por encima de truños como “El paciente inglés”.

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Prueba de ese éxito es que todos los que participaron en la película están felices de formar parte de ella. Robert Redford y Woody Allen la vieron en su momento y les encantó. Y aún hay más, hace unos años, paseando por Berlin, Allen se encontró con Oliver Stone y el director de “Platoon” se confesó fan absoluto de la película. Hecho que nos ayuda a entender la pasión que Oliver Stone siente por nuestro “Torrente”, al fin y al cabo, el personaje creado por Santiago Segura tiene un clarísimo precedente en el Jake Masters encarnado por Garfield.

“Cry uncle!” se estrenó en Inglaterra con el título de “Super Dick” y ustedes pensarán que un actor que haya protagonizado una película con semejante título, traducible por “Súper Polla” o “Pollón”, como prefieran, tiene sus días contados. Se equivocan. 

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Salvo alguna excepción, no volvió a obtener ningún papel protagonista, pero su carrera como secundario eficaz se mantuvo a lo largo de estas últimas décadas con películas como “Nashville” (1975), “Cotton Club” (1984) o “La novena puerta” (1999), por poner tres ejemplos de diferentes épocas. En total, casi un centenar de títulos a los que habría que sumar su participación en innumerables series como “Bonanza”, “Kojak” o la más reciente “El ala este de la Casablanca”.

Una larga carrera que tiene sus propios agujeros negros. El periodo comprendido entre los años 1975/1983 son los años del Gran Misterio. No sabemos por qué, pero Allen Garfield toma dos decisiones inesperadas. Recupera su verdadero nombre, Allen Goorwitz y se somete a una severa dieta que le hace desprenderse de un asombroso lastre de quilos. Pero que nadie se asuste, en el año 84 todo vuelve a la normalidad. Recupera su gatuno apellido y, lo que más nos importa, el abundante peso perdido.

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En ningún momento abandona la interpretación, pero ello no le impide continuar con otra de sus pasiones, la de enseñar el oficio a la gente que está empezando. Allá por el año 86 lo encontramos dando clases en el Beverly Hills’ Acting Shelter. Uno de sus alumnos responde al nombre de Quentin Tarantino y le propone a su profesor (al que admira desde su época De Palma) intervenir en una película de andar por casa que está haciendo con unos colegas, a saber, Roger Avary y Craig Hamman. El resultado, como ya saben, fue un aborto en toda regla. Según dicen, se trata de una bizarra mezcla entre Richard Kern y “Los albóndigas en remojo” que jamás llegó a terminarse titulada “My best friend’s birthday” (1997). Garfield interpreta al pastelero que les vende la tarta de marras a los protagonistas, en una película casposilla en la que él es el único actor profesional.

Nos gusta mucho su variopinta carrera porque ha hecho de todo. En el año 82, rodaba en Portugal “El estado de las cosas” y, mira por donde, acabó componiendo una canción (Hollywood, Hollywood) a petición de su director Wim Wenders. Pero no sólo trabajó con cineastas con pedigree, en ocasiones se sumergió en la inmunda serie Z sin ningún reparo, un ejemplo, “Cyborg 2” (1993), con una mocosa Angelina Jolie.

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El año 2002 es su despedida de los platós. Lo vemos por última vez en “The majestic”. Un final discreto para un actor siempre ninguneado por los medios. 

Ya hemos dicho al principio que para nosotros es una auténtica estrella. Siempre es motivo de felicidad infinita descubrir su nombre en los títulos de crédito de cualquier película.  Hoy día, a sus sesenta y cinco años, sigue siendo un tipo encantador. Su pelo cano ralea en su calva y su narizota nos habla de su vieja condición de boxeador invicto. Para nosotros no ha pasado el tiempo. Su Jake Masters de “Cry Uncle!” forma parte de nuestro cosmos particular y no podemos quitarnos de la cabeza ese largo paseo que nos regala de camino a la ducha.