La única certeza en el mundo

Una hermosa polla tiesa era una certeza y esa era una cuestión que había que valorar en toda su importancia. En otras palabras, un pollón largo y grueso surcado por venas oscuras y tejido sensible. Por momentos su mente académica casi se había visto reducida a la nada. Todo resultaba abstracto, dudoso o indemostrable. Allí era donde le había dejado la resaca de la posmodernidad. En medio de un desierto. Por eso había decidido echarse en manos de un amante tras otro. Él era un hombre gordo en la madurez de su vida cuyos principios científicos se evaporaban en la aridez del terreno. Pero él era un hombre todavía atractivo capaz de despertar erecciones rotundas en sus amantes. Porque, vale la pena insistir, aquellas pollas estaban así de duras y tiesas por él, por sus carnes generosas y armoniosas, y también por ese rostro tosco esculpido por el escepticismo. De modo que antes de ser penetrado por una de aquellas hermosas pollas se recreaba en el sabor de la certeza. ¿Estaba dura aquella polla? Cierto. ¿Se encontraba en ese estado por su causa, debido a su atractivo? Más que cierto. Cuando la dureza se abría paso a través de su carne y le provocaba aquella sensación de intenso placer su cuerpo rechoncho se estremecía como nunca, hasta el punto de eyacular unas gotas de bienvenida. Pero tal y como él lo veía, aquella bienvenida no era tanto para recibir aquella hermosa polla tiesa como para celebrar el poder y la gloria de la única certeza que existía.

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Absolutamente nada

Los pantalones de pana le sentaban de miedo, su culo pesado y rollizo me transmitió esa idea de solidez que siempre ando buscando. Era un señor y ya no estaba para tonterías, podías verlo en su cara; sus ojos cansados habían visto demasiadas cosas, nada podía sorprenderle. Clavé mi mirada en la suya de un modo franco, poco más se podía añadir. Nos quedamos así, saboreando nuestro deseo mutuo durante demasiado tiempo, lo supimos cuando el metro se detuvo abruptamente y la fealdad que nos rodeaba volvió a tomar forma. Se bajó en aquella parada sin volver la vista atrás, pude haberle seguido pero a los dos nos pareció más elegante dejarlo allí. Nada podría estropearlo. Absolutamente nada.

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Lo que andaba buscando

Lo que andaba buscando era algo que solo él sabía, hasta que te llevaba a su casa y bajaba las persianas. Calzoncillos en los tobillos y su cabeza pegada a mi vientre. Joder, sí. No había un plan B, aquello era lo que era. Un éxtasis eléctrico. Sabía que si me metía un dedo en el ojete en el momento oportuno su recompensa llegaría bajo la forma de incontrolables oleadas blancas, mi cuerpo tenso como una cuerda de guitarra, la promesa de algo inminente, no desaprovecharía ni una gota. Se relamería satisfecho y su mirada franca me diría que, una vez más, había encontrado lo que andaba buscando.

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Una cara entre la multitud

Vi una cara conocida, alguien con quien solía follar en el pasado, un viejo amante que tenía la peculiaridad de ronronear mientras disfrutaba de su premio. En la cama o en el baño de aquel love motel del centro era generoso de un modo irresponsable, siempre conseguía arrastrarte un poco más allá, empapar tus dedos en tu propia saliva y llevarlos a su boca antes de ofrecerte su cuerpo redondeado como un lienzo en blanco. Le usé de todas las formas que mi sucia imaginación exigía, recuerdo sus tobillos entre mis piernas mientras su culo subía y bajaba ante mis ojos. Tenía una hermosa espalda y unas nalgas suaves. Era un incendio que arrasaba con todo lo que se encontraba. Para él follar era saborear la fruta madura después de un largo ayuno. Luego pasó algo y aquella irresponsabilidad suya sacudió mi mala conciencia, supongo que tenía demasiadas papeletas para ser apuntado por mi dedo acusador. Menuda estupidez la mía. Al ver su cara entre la multitud recordé aquel ronroneo y me sentí como un imbécil. 

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Nunca subestimes a un power bottom

Para Tony follar era un combate. Solo uno de los dos se proclamaría vencedor. Para él la lucha consistía en aguantar las embestidas del empotrador y encajar aquellas grandes pollas en su experimentado culo. El polvo era todo un viaje que podía alargarse más o menos, en función de la resistencia de ambos. Las caderas del otro se movían con suavidad al principio pero solo al principio y en ocasiones ni eso. Poco después el sudor cubría ambos cuerpos y los empellones sacudían las redondeces de Tony con una furia absolutamente fuera de control. Era el momento de los insultos. Tony se desgañitaba insultando al macho, llamándole ‘bastardo hijo de puta’ y cualquier cosa que le pasara por la cabeza. Aquel respondía redoblando su esfuerzo, con el sudor cubriéndole la frente, los ojos escocidos y la necesidad de conquistar de una vez las nalgas carnosas que tenía entre manos. Y el tiempo pasaba. Y el desafío aumentaba hasta convertirse en algo mayor que se les iba de las manos. Pero nunca subestimes a un amante como Tony. Sabe follar como nadie y no se conforma con cualquier cosa, te exigirá que acabes con él sin contemplaciones o que te sometas al poderío del auténtico power bottom. Cuando el enemigo se derrumbaba sobre su cuerpo empapado, el orgasmo se escuchaba a dos manzanas. La expresión “you bastard!” seguía saliendo de su garganta pero ahora a modo de ronroneo. Su cuerpo entero se estremecía por el placer que proporciona la victoria. Hasta donde yo sé, permanece invicto. Así es Tony. 

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