Un hombre barato

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Quiero un hombre barato enganchado a los placeres caros. Un amante complaciente dispuesto a ser usado, un tipo del montón que no me venga con segundas, una espalda amplia y unas nalgas con hoyuelos. No exijo demasiado, están por todas partes, ¿es que no lo sabes? Quiero un amante natural y agradecido, con camisa almidonada y pantalón de pinzas. Te daré lo que me pides. Date la vuelta y mira más abajo, busca la moneda que cayó al suelo, no me digas que es de cobre. Quiero un tipo duro que me muestre el ojete a modo de saludo, incapaz de hacer pucheros cuando lea en mi mirada. Levanta tus piernas y déjalo a la vista, lameré tus pies y escupiré sobre tu vientre. Antes de terminar te explicaré de dónde vienes y te haré saber lo que me inspiras. No usaré ni una palabra. Busco un hombre sin principios, con su torso de tonel y los andares del que ya no tiene prisa. Te esperaré aquí sentado. ¿Acudiste a mi llamada? Alguien me dijo que eres un hombre barato.

Más microrrelatos 

Novelas de osos

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El último de ellos

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Algunos de ellos se sincronizan con sus mujeres a lo largo de la gestación. Cuando ya son papás sus caderas se ensanchan como una sandía bajo el inclemente sol de agosto, sus tetas aumentan de tamaño en un guiño a la abundancia y se vuelven fértiles y mullidas. El pelo empieza a crecer por los lugares más insospechados. Su regazo se redondea y se prepara para resultar acogedor de un modo universal. Los andares se vuelven pausados y algo torpes, el culo empieza a pesar ahí atrás. Los muslos se rozan entre sí cuando hay prisa. El último de ellos llevaba una estelada tatuada de forma pedestre en el hombro derecho. Los colores apenas se distinguían pero él era un incendio con patas. Ser papá le hacía ir estresado todo el día. Antes de terminar me pidió que la sacara y que se lo diese en la boca. “Vull que vegis com me l’empasso”, me dijo. Que en catalán significa “quiero que veas cómo me la trago”

El cielo en la tierra

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«Todo empezó como un juego regado por el alcohol. Me dijo que si a los maricas les gusta tanto es por algo y que no había que darle demasiadas vueltas. Estaba cachondo como un demonio y no había ninguna mujer cerca. Me lavé en la ducha, no porque quisiera sino porque él me lo pidió. Al salir, me esperaba en pelotas en el salón con una erección que era dos veces la mía. Los huevos le colgaban y se balanceaban con un movimiento pendular. Me pidió que me bajara los pantalones y que me colocara a cuatro patas contra el sofá. Obedecí y le ofrecí mi culo. Estaba jodidamente excitado por la novedad, pero también acojonado por si me hacía daño. Primero lamió aquel agujero que nadie antes me había lamido, ni siquiera mi mujer, y consiguió que me relajase de una puta vez. Estaba borracho y eso me ayudaba. Mi ojete virgen empezó a desear aquel enorme pollón a sabiendas de que me iba a destrozar por completo. Pero la cosa curiosa era esa: aún sabiendo que me iba a reventar —era más que evidente que aquel grueso tronco no podía entrar por allí— mi agujero casi parecía hablar, suplicar porque se ocupase de llenar aquel vacío. Joder, sentía una quemazón insoportable. Me dije a mí mismo que era una ocasión única y que no la podía dejar pasar. El tipo lo había hecho otras veces y siempre había salido bien. Su voz sonaba muy segura, como si le quitara importancia a la situación. Introdujo un par de dedos empapados de lubricante con bastante facilidad. Me dijo que si entraba el tercero todo iría bien, pero fueron cuatro dedos los que me metió. Los sacó de allí y los sustituyó por su mazo de carne. Estaba tan duro que fue entrando muy poco a poco. Cuando ya debía de faltar poco empecé a quejarme pero él aprovechó para meter el resto del tronco de una tacada. Entonces OCURRIÓ. Empezó a darme por el culo sin importarle las burradas que yo dijera y a partir de entonces perdí el control por completo porque me puse a llorar de gusto. Si quiero contarte esta historia es precisamente por esto, no tienes ni puta idea de las sensaciones que me hizo sentir aquel cabrón, hizo conmigo lo que quiso y me hacía gozar tanto que dejé de preocuparme de si mi polla estaba tiesa o no, de si me estaba reventando o de si aquello era algo que estaba mal. Empezó a escupirme en la espalda y a zurrar mis nalgas. Yo había dejado de estar en aquel salón, contra aquel sofá. Mi cuerpo era una gelatina que se sacudía y cuando empezó a usar sus caderas sin compasión, mi polla empezó a eyacular pesados chorros de esperma que cayeron sobre mis pies descalzos. Entonces me la sacó, se quitó la goma y empezó a descargar su leche caliente sobre mis nalgas, mientras yo me desmoronaba y la sentía aterrizar sobre mi carne. Me había usado como a una puta y lo peor de todo es que me había gustado. Y mejor haré callándome la boca porque me doy cuenta de que estas historias —por mucho que uno lo intente— nunca le hacen justicia al momento original. Son ridículas. La única duda que me quedó después de aquello es por qué los tíos seguimos empeñados en eso de ‘mi culo no se toca’. Es como decir ‘no quiero experimentar el cielo en la tierra’. No tiene ningún sentido».

Fantasía compartida

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Le dije que no había nada malo en comerse veinte pollas tiesas una detrás de otra, con la tranquilidad que da tener una en cada mano mientras terminas con la que tienes en la boca. Todos esos hombres desnudos exhibiendo sus tremendas erecciones, masturbándose y deseando que les llegue el turno. Cada descarga en la garganta es un subidón que te electriza, me dijo. Ya me lo figuraba, respondí. Tantas pollas jugosas y esos testículos pesados de macho que te prometen el elixir de la vida y te lo ofrecen de un modo generoso. Es una fantasía compartida por muchos hombres, también por algunos maricas.