Keep It Simple: el arte de Dindrawslines

A veces llega a resultar mareante la cantidad de dibujantes e ilustradores entregados a la causa Bearotica. A menudo los estilos resultan exagerados o repetitivos debido a la magnitud y omnipresencia de este Boom de Ilustración Bear en el que seguimos inmersos. Quizá por eso, una de las cuentas de Instagram que mayor interés ha despertado en mí y en muchos otros, es la de Dindrawslines, una apuesta por distinguirse a través de la simplicidad. Un mero trazo, un sencillo contorno para atrapar un momento erótico. Quizá no ha inventado nada pero Dani, el autor de estos dibujos, demuestra un buen ojo para alcanzar lo esencial, en un contexto que a veces incurre en lo peor cuando busca una estética del exceso, colorida, abigarrada o involuntariamente kitsch. Dindrawslines sigue la máxima de mantenerlo simple y nos recuerda una vez más el poder del menos es más. No estamos diciendo que este es el único camino, ni de coña, pero en esta ocasión sí tenemos algo que celebrar.

Instagram: @dindrawslines // Twitter: @dindrawings

Follar en el Majestic

Había una serie de protocolos que seguir antes de llegar a la suite del ático. Pregunté en recepción y alguien hizo una llamada en voz muy baja, como si le hablase al cuello de la camisa. Un minuto después me confirmó que alguien me podía acompañar hasta el final del pasillo para empezar el recorrido ascendente. Mientras avanzaba reparaba en detalles que me hablaban de lujo. La moqueta bajo mis pies me hacía sentir que flotaba, que me deslizaba entre algodones: todo era silencio y confort. Tanta pompa me parecía excesiva, ni siquiera tengo el vocabulario para describirlo, yo solo quería llegar de A a B y, una vez allí, pasar un buen rato. 
Unos pisos después golpeé la puerta con los nudillos. El hombre que me abrió la puerta era maduro, poseía un frondoso bigote oscuro y, a través de su bata de seda, atisbé un apetecible cuerpo neumático aunque depilado. Un punto menos para él. Quise darle un beso pero la rigidez de su lenguaje corporal lo echó por tierra. Atravesamos el salón de su majestuosa suite y llegamos hasta el dormitorio. A la derecha, un gran ventanal y la terraza con vistas al Paseo de Gracia. Se quitó la bata y se quedó en calzoncillos. Parecían salidos del vestuario de una película del espacio, con ese acabado dorado que redondeaba las nalgas hasta convertirlas en algo puramente artificial. Mi polla empezó a sumirse en la indiferencia. 
Aquel hombre era un analfabeto sexual. Desconozco el motivo. Era un prestigioso editor de moda y había alcanzado el éxito. Pero no le servía de nada. La rigidez de su cuerpo era lo contrario de un afrodisiaco, su inseguridad aniquilaba todo asomo de deseo. No tenía ninguna iniciativa ni picardía. Todo aquel lujo para qué. Los calzoncillos espaciales debían de costar un riñón. Por alguna razón pensé en ellos mientras trataba de estimular sus pezones con mi juego de lengua. Nada ocurrió. O mejor dicho, sí. La certeza de estar perdiendo el tiempo. Le dije: “esto no está funcionando, me largo”. Él asintió bovinamente. Por sus venas no corría sangre sino alguna bebida vegetal. Me vestí deprisa y suspiré con enfado mientras me ataba los cordones de las zapatillas. Él se había vuelto a poner sus calzoncillos dorados. Cuando salí a la calle me calé las gafas de sol para amortiguar la hiperrealidad. El lenguaje universal del amor no siempre es tan universal, del mismo modo que un hotel de cinco estrellas no tiene por qué garantizarte un polvo de cinco estrellas.  

Bear Radar: Denis Ménochet

Seules les bêtes

Hay un actor que me ha robado el corazón esta temporada y ese actor se llama Denis Ménochet. Aunque muchos de mis seguidores, mucho más atentos que yo, lo descubrieron años atrás en su papel de granjero de la resistencia interrogado por los nazis en la larga y tensa escena que abre el Inglorious Basterds de QuentinTarantino, no ha sido hasta el estreno de la producción francesa Solo las bestias (Seules les bêtes, 2019) cuando se me ha aparecido como toda una revelación. La película, de lo mejor que hemos visto últimamente, es uno de esos puzles con apariencia de thriller a la manera de Amores perros que hilvana un demoledor retrato de toda una galería de personajes atrapados en una situación límite. Entre todos ellos, nos hemos fijado en Denis Ménochet. 

Denis Ménochet y François Ozon

Hemos leído que Denis nació en Enghien-les-Bains, Francia, en el año 1976, aunque solo contaba dos semanas de vida cuando su familia decidió mudarse a Noruega. A partir de ahí su existencia nómada le ha llevado a cruzar el charco, vivir en Estados Unidos para regresar al continente e instalarse en Sharjah, cerca de Dubai. No sabemos en qué momento decide volver a Francia para labrarse una carrera como actor. Según su ficha de IMDB, en sus primeros años de juventud se entrega a su gran pasión por el skate y uno de sus primeros empleos, con solo diecinueve años, será el de hacer de chófer para el mismísimo John McEnroe. 

Ingloriuos Basterds

Definido por Tarantino como el Robert Mitchum francés, Denis ha aparecido en numerosas películas de prestigio del país galo como las que ha rodado con François Ozon (Dans la maison, Grâce à Dieu) o la dura historia sobre malos tratos “Custodia compartida” (Jusqu’à la garde, 2017). 

Su carrera avanza con paso firme y es fácil verlo en producciones de todos los tamaños y nacionalidades. Acaba de estrenar The Mauritanian, con Jodie Foster, tiene pendiente lo nuevo de Wes Anderson (The French Dispatch) y está rodando una vez más con François Ozon (Peter Von Kant), lo cual es siempre una estupenda noticia.

Su evolución física nos llama poderosamente la atención porque con el paso de los años está ganando enteros a efectos de nuestro Bear Radar. Su corpulencia ha florecido como una flor en primavera, su pecho se ha ensanchado, su rostro se ha endurecido y los quilos ganados en estos últimos años —en conjunción con su incontestable talento— lo han convertido en una suerte de portento actoral. Vamos, que a nuestro adorado Ludovic Berthillot le ha salido un competidor. Se llama Denis Ménochet y está aquí para quedarse.

Chanquete centenario

El pasado 28 de febrero se cumplieron cien años del nacimiento de Antonio Ferrandis, actor valenciano muy popular durante la segunda mitad del siglo XX gracias a su talento innato para la actuación y a una carrera prolífica que desarrolló tanto en el cine y la televisión como en el teatro. Si su rostro ya resultaba familiar para muchas generaciones de espectadores, con los años llegó a alcanzar la categoría de mito de la cultura popular española tras su aparición en la mítica serie de TVE “Verano azul”, emitida por primera vez durante los años 81 y 82 del pasado siglo.

Antonio Ferrandis nació en Paterna, Valencia, se licenció en magisterio, pero no tardó en apostar por su gran pasión, el teatro. A finales de los cuarenta ya había pasado por diferentes compañías teatrales y a partir de los 50 inicia una trayectoria imparable tras protagonizar junto a Paco Rabal una adaptación del “Muerte de un viajante” de Arthur Miller a cargo del prestigioso José Tamayo. Su carrera oscilará entre el pedigrí que le aporta participar en proyectos teatrales serios (adaptaciones de Shakespeare, Ionesco, Unamuno, José Zorrilla, Chejov, etc.) y sus innumerables trabajos en el cine comercial español de los años del desarrollismo, donde será muy solicitado, especialmente como personaje secundario, en roles habituales de padre de familia ejemplar o viril comparsa del protagonista. Su buen hacer lo llevará a participar en proyectos cinematográficos más reputados y en un buen puñado de series. Su ficha como actor en Imdb incluye casi ciento cincuenta títulos. 

El caso de Antonio Ferrandis nos interesa especialmente por dos motivos. En primer lugar, porque representa una masculinidad y un físico portentoso que lo han convertido en icono sexual para muchas generaciones previas a la eclosión de esta movida de los osos; y en segundo lugar, por la trágica realidad asociada a su vida personal: un actor gay obligado por las circunstancias a negar su sexualidad durante prácticamente toda su vida. Una triste realidad que comparte con innumerables compañeros de profesión. 

Las crónicas nos cuentan que aunque vivía su sexualidad con normalidad dentro del ambiente artístico en el que se movía nunca pudo librarse de las consabidas preguntas en el entorno de la esfera pública. En las entrevistas que concedía se declaraba “sexualmente frío” y a menudo era preguntado por el fantasma de la homosexualidad, una cuestión que eludía una y otra vez y que le llevó a hacer de la negación un mantra.

Ahora, años después de su muerte, sabemos que compartió su vida con otro hombre, un ayudante del conocido productor de cine José Luis Dibildos y que siempre se obligó a mantener un nivel de extrema discreción. 

Volviendo a los primeros ochenta, a la serie “Verano azul”, su interpretación del viejo lobo de mar Chanquete le convirtió soterradamente en todo un referente sexual para muchos jóvenes de la época. Una suerte de icono Bear antes de lo Bear que ayudó a más de uno a aceptar la naturaleza no solo de su orientación sexual sino de la medida de su deseo. Porque Chanquete, con sus formas orondas e hirsutas de marino retirado, encarnaba a la perfección esa figura ruda y masculina que se volverá recurrente a partir de los años noventa en el contexto de la incipiente cultura osuna.

Es por ello que la deuda que muchos atesoramos con Chanquete, con Antonio Ferrandis, con el actor que lo interpretó, es incontestable. A primeros de la década del 2000, un escritor valenciano, José Luis Collado, publicó El año que murió Chanquete, una novela de cariz autobiográfico en la que situaba a dicho personaje televisivo en el centro de su crecimiento personal y sexual. Un texto emocionante y muy recomendable que puede leerse tanto como novela erótica de osos como ajuste de cuentas contra ese afán silenciador de los años oscuros que nos ha tocado vivir a muchos en nuestras edades tempranas. Porque la negación que acompañó a Antonio Ferrandis durante toda su carrera encuentra un eco en nuestra propia negación. Es más, nuestra lucha sigue siendo contra esa negación. Y la figura de Chanquete, además de rotundo icono sexual, tiene mucho de símbolo y de referente. Su historia, también en la nuestra. Y por eso, y por su enorme talento, no pensamos olvidarlo nunca.

Ancient Greek Ceramic Plate Drawings

Hace un par de años ya dimos cuenta en esta web del sugestivo proyecto que había puesto en marcha el artista y activista James Unsworth (Liverpool, 1979), la elaboración de una serie de 52 diseños inspirados por el arte cerámico de la Grecia clásica pero protagonizados por figuras orondas fuera del canon estético helenístico. 

Casi dos años después, su proyecto está terminado y vuelve a llamar nuestra atención puesto que James ha reunido en una publicación —Ancient Greek Ceramic Plate Drawings— los dibujos realizados. Toda una reescritura de la crónica estética legada por el mundo clásico protagonizada por modelos (algunos reconocibles) contactados a través de redes sociales como Instagram. La belleza de las imágenes, así como su sentido del humor y del erotismo, ofrece una mirada divertida y refrescante sobre lugares que ya forman parte de nuestro mapa mental. Esta primera edición consta de un total de cien ejemplares numerados y por lo que sabemos acaba de agotarse. No sabemos si habrá una nueva edición en breve pero para más información, y para conocer los otros proyectos del artista, no está de más que te pases por su tienda.