Y Balzac creó al oso

Uno de los propósitos principales de palabradeoso.com es el de llevar a cabo una labor de arqueología de la subcultura bear, rastreando antecedentes históricos que enlazan con las figuras contemporáneas del oso y del chaser. Me siento muy honrado de presentar el siguiente post, firmado no por mí, Bob Flesh, sino por una pluma invitada de alto nivel, el experto en cultura pop Dr. Insermini. En su artículo nos habla de la importancia del escritor decimonónico Honoré de Balzac en el contexto bear que nos ocupa. No perdáis detalle. Más de uno se llevará una grata sorpresa.

balzacHonoré de Balzac (1799-1850)

En la parte final de su famosa novela Las ilusiones perdidas, Balzac narra la caída en desgracia de Lucien de Rumbempré, encarnación del joven poeta provinciano que abandona su ciudad natal y marcha a París en busca de fama y gloria. Una vez allí, es víctima de su propia vanidad y termina siendo engullido y vomitado por la implacable sociedad parisina. En las páginas finales, el bello y desgraciado Rubempré regresa a su Angulema natal dispuesto a cerrar el círculo de su miserable existencia arrojándose a las aguas del Charente. Es entonces cuando entra en escena un extraño personaje: un sacerdote español, de nombre Carlos Herrera, testigo de las intenciones suicidas del joven, que seducido por su desarmante belleza se ofrece graciosamente a él como confesor y protector. Toda la escena tiene una carga homoerótica evidente y por otra parte, las promesas que el cura le hace al joven Rubempré suenan bastante poco cristianas.

El padre Carlos es descrito como un hombre de mediana edad “grueso y de pequeña talla, manos grandes, ancho tórax cubierto por una tupida capa de vello, fuerza hercúlea y mirada terrible”. Es un oso en toda regla. Mientras que Rubempré es un joven de veinte años, de constitución atlética, mirada inocente y maneras delicadas. Entre los dos se firma un pacto según el cual ambos regresarán a París, con Rubempré convertido en secretario del falso sacerdote español (porque evidentemente el hábito no es más que un disfraz). Como parte del contrato, el falso cura le entrega una importante cantidad de dinero y le pide al joven trasladarse a una fonda donde este pueda darle una prueba de su obediencia…

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Es natural que al terminar la lectura de Las ilusiones perdidas uno se encuentre desconcertado… y también algo cachondo. El anti-héroe de Balzac, que se declara amante de las mujeres durante todo el libro y al que sus líos de faldas ocasionan no pocas desgracias, termina convertido en el querido de un señor mayor, en una suerte de chapero resignado. Como bien le explica a su hermana en una carta: “Me he vendido. Ya no me pertenezco, no soy más que el secretario de un diplomático español, soy su criatura”.

Es entonces cuando uno se pone a investigar y descubre que no ha sido un engaño de sus sentidos, que el subtexto homosexual está ahí, que muchos otros antes que tú lo han visto y, lo mejor de todo, que el fascinante personaje del oso amoral, marica, putero y corruptor que es el padre Carlos Herrera aparece en otras novelas de Balzac. (Recordemos que el escritor se impuso a sí mismo el titánico esfuerzo de retratar en una serie de novelas, conocida como La Comedia Humana, todos los estratos y facetas de la sociedad francesa). Si uno ha disfrutado de la lectura de Las ilusiones perdidas y se ha sentido intrigado por su ambiguo desenlace, le queda lo mejor, porque en su continuación, Esplendores y miserias de las cortesanas, se narra el regreso a París de Rubempré y el padre Herrera, donde descubriremos la verdadera naturaleza del misterioso sacerdote y donde -siempre de forma muy sutil- Balzac nos da pistas sobre el vínculo que une a los dos personajes. El lenguaje propio de la época, que no le permitía ser muy explícito en estos temas, no le impidió abordar sentimientos homoeróticos y relatar en vivos colores lo que puede ser la pasión entre dos hombres. La que Vautrin siente por Lucien de Rubempré.

Lo que parece claro es que Balzac creó al personaje del padre Carlos Herrera a imagen y semejanza propia. Físicamente se parecen mucho, y también Balzac, pese a haber mantenido desde muy joven relaciones con mujeres -es lo que dictaba la sociedad de la época- disfrutaba en la intimidad de relaciones con jóvenes a los que protegía. Podemos imaginar que en un ejercicio habitual en muchos escritores, Balzac se proyectó en el personaje de Herrera, también conocido por el nombre de Vautrin, y lo aprovechó para exponer unas ideas y reflexiones que hubieran resultado escandalosas pronunciadas en cualquier otro contexto. Porque Herrera, o Vautrin, es un personaje absolutamente moderno y fascinante. No sólo resulta muy atractivo físicamente sino que ejemplifica un tipo de masculinidad audaz, adelantada a su tiempo y con ciertos puntos en común con la actual cultura bear. Vautrin no es un marica con plumas, sino todo lo contrario. Su presencia, brutal, masculina, no revela en absoluto su verdadera inclinación. No está tampoco armarizado, se trata de alguien que comprende muy bien las convenciones de su época y actúa en consecuencia. Vautrin es un visionario. Su moralidad, si es que la tiene, no es peor que la que esgrime la viciosa y maniquea sociedad francesa; y cuando habla, parece que es el mismo demonio quien está hablando. Es esto lo que lo hace definitivamente irresistible. Vautrin habita en una dimensión superior y uno sólo quiere mudarse allí con él. Si Nietzsche creó al superhombre, Balzac creó al superoso. También se adelantó a Genet a la hora de asociar criminalidad y homosexualidad, un binomio que resulta siempre excitante. En su rechazo a los valores de la época, Vautrin sólo admite la delincuencia como forma de vida.

En el mundo de los osos, Vautrin debería ser el gran icono, al menos literario. Sin embargo, mientras que en el mundo gay no está de moda hablar de Balzac, los expertos en literatura están más interesados en otros aspectos de su obra. El cine, que tiene un filón en Vautrin y no lo sabe, se ha centrado siempre exclusivamente en su faceta criminal y lo que es peor, no ha encontrado nunca al actor adecuado. En 1943, un Michel Simon corpulento pero demasiado flaco protagonizó la más famosa adaptación del personaje en Vautrin.

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Queda por hacer la gran película que merece Vautrin, con los actores y el director adecuados. Para Vautrin, que suele recurrir a su disfraz de cura español, sería perfecto Sergi López. Está en la edad adecuada y ni siquiera tendría que disimular su acento español. Sólo le pediría que durante la preparación del personaje se entregase sin reparo a la buena mesa y nos regalara un Vautrin rotundo, gordote y masculino, como debe ser. Para dirigir la película estaría bien François Ozon, que ya conoce a López por sus anteriores colaboraciones y que aportaría ese toque moderno y sexy que está presente en la obra de Balzac.

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Si todo esto os ha resultado interesante os animo que leáis este artículo en el que se explica más y mejor muchas de las cosas apuntadas aquí, y sobre todo ofrece una guía para el lector interesado en seguir al personaje de Vautrin en la obra de Balzac.

Sobre el autor de esta entrada: El Dr. Insermini es escritor, blogger de referencia para todos aquellos gourmets de joyas cinematográficas olvidadas. Su tarea a la hora de recuperar oscuros rincones de la cultura pop resulta fundamental en estos tiempos de amnesia generalizada y dictadura de la actualidad. Acaba de terminar un libro monográfico sobre la figura del escritor y guionista norteamericano Richard Matheson (de próxima aparición) y actualmente trabaja en uno nuevo sobre el siempre fascinante tema de los gansters maricas, publicación que -como comprenderán- esperamos con ansiedad mal disimulada.

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