Bear Actors: Paul L. Smith

Captura de pantalla 2015-03-05 a la(s) 15.28.32 Quienes seguís este blog, sabéis de mi interés hacia la figura del actor secundario entrado en carnes y envergadura de oso. A menudo se trata de actores cuyos nombres se han perdido en la noche de los tiempos, personajes que de puro secundarios han sido aplastados por una Historia Oficial del Cine que nos priva de momentos valiosos para todo amante del universo desplegado por Palabra de Oso. 2141814,mFOYJ7D5_+bL9EGtiiEm+llVDxv7VdsixBUMYIxFR3zF2+vAiKmm1+RPUSOylW3ydI7b1YEndyg5VqBRvk4Q8g== Hoy quiero recuperar la oronda figura de Paul L. Smith, un actor no demasiado recordado y que sin embargo nos ha proporcionado muy buenos momentos en algunas películas más que notables para cualquier aficionado al cine. Encasillado en papeles de villano de una pieza, Paul L. Smith, además de un formidable físico, poseía una sonrisa entre seductora y psicopática capaz de endurecer los pezones del más pintado. Quizá no fue un actor excelente, pero eso es algo que no me importa en absoluto. Lo sigo prefiriendo a Javier Bardem o a James Franco. Hoy quiero rendirle un tributo especial desde aquí. Repasamos su vida en diez puntos esenciales. Screen-shot-2010-11-26-at-1.50.27-PM 1. Nació el 24 de junio de 1936 en Everett, un pueblecito de Massachusetts, USA. Cuando vino al mundo pesaba 17 libras, o lo que es lo mismo, algo más de siete kilos. 2. De joven practicó boxeo y lucha libre. Sus primeros trabajos fueron de portero y guardaespaldas. Obtuvo una beca deportiva y, tras su paso por la universidad, se licenció en Filosofía. 3. A finales de los años cincuenta, mientras estaba en una fiesta, le ofrecieron un pequeño papel en la película Éxodo (1960), un clásico histórico sobre la constitución del Estado de Israel. Esto tendrá una importancia vital en su carrera y en su persona, puesto que durante diferentes épocas de su vida se instalará allí, rodará películas, se enrolará como voluntario, conocerá a su esposa Eve y se nacionalizará como israelí en el año 2006, adoptando el nombre hebreo de Adam Eden. Morirá en el año 2012 en la ciudad de Ra’anana. Paul_smith 4. Su carrera como actor se compone de 55 títulos, que incluyen superproducciones de Hollywood, olvidadas películas israelíes, exploitation movies por toda Europa y apariciones puntuales en series de televisión como Wonder Woman (1979). Cuando le preguntaban sobre su profesión de actor respondía: “Déjame explicártelo de este modo: me pagan para hacer lo que, de ser rico, yo les pagaría a ellos para que me dejaran hacerlo”.

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En ‘Crimewave’ (1985), en modo cartoon.

5. Mientras trabajaba en Italia a mediados de los años setenta, debido a su gran parecido con Bud Spencer, intervendría en varias películas junto al actor Michael Coby (conocido también como Antonio Cantafora, a su vez, doble de Terence Hill) como tándem cómico en varias películas de acción. Una de ellas se estrenó en USA con el título de Convoy Buddies, el productor sustituyó los nombres de los actores por los de Bob Spencer y Terrance Hall. Paul L. Smith demandó al productor y ganó el pleito.

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Señale seis diferencias entre el original y la copia.

6. Nos puso muy brutos interpretando al sádico y sudoroso guardián de la prisión turca donde las pasa putas Brad Davis en El expreso de medianoche (1978).

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Pensando si sodomizar o no a Brad Davis en ‘El expreso de medianoche’.

7. Quizá por ello interpretó a Brutus en la adaptación que Robert Altman hizo de Popeye (1980). paulsmith-large 8. Apareció en la película de terror española Mil gritos tiene la noche (Pieces, 1982), en la que interpreta a un fornido jardinero con muy malas pulgas que porta una sierra mecánica en mano en una historia que va de un psicópata asesino que corta a jóvenes colegialas en pedacitos. Para más señas, la película favorita de Eli Roth, el director de Hostel (2005)Yo la vi en el cine hace un par de meses y tengo que decir que me gustó mucho más que Birdman (2014) o Ida (2014). 11388001_gal 9. Su lúbrica sonrisa volvió a seducirnos de manera enfermiza en su aparición como Glossu Rabban en el Dune (1984) de David Lynch. Pese a su encasillamiento conviene destacar su carácter camaleónico. Me llevó décadas descubrir que Glossu Rabban había sido previamente el carcelero de El expreso de medianoche. paul-l-smith-as-the-beast-rabban-in-dune-2 10. Su última película importante fue Maverick (1994), junto a Mel Gibson y Jodie Foster, en la que interpreta a un Príncipe ruso que viaja al salvaje Oeste con la intención de disparar a los indios. Una vez más, pese a lo infame de su personaje, consigue despertar una profunda y desconcertante empatía con el espectador.

Hollywood, algo sobre un par de daddies y el bar de Jimmy Wah

23p107744028 En el minuto veinticuatro de la película Good Morning Vietnam tiene lugar un momento interesante por lo que se refiere a la verbalización expresa del amor homosexual hacia los daddies u hombres maduros. En primer lugar, sorprende encontrar un detalle como este en una producción de Hollywood destinada al gran público, y en segundo lugar, llama la atención el curioso acercamiento al tema dependiendo de si nos ocupamos de la versión original de la cinta o de su versión doblada al español.

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Como quizá sepáis, la película ofrece un retrato de la intervención norteamericana en la guerra de Vietnam a través del punto de vista de un irreverente locutor de radio (Robin Williams) destinado en la zona del conflicto. En la escena referida, Williams, acompañado de un soldado (Forest Whitaker), acude a un bar regentado por un notorio homosexual vietnamita llamado Jimmy Wah, personaje caracterizado por su interés en conseguir una fotografía de su gran icono sexual, el talludito actor secundario especializado en westerns, Walter Brennan. Esto es lo que se narra en la versión original de la película, obra del guionista Mitch Markowitz. He aquí unas capturas ilustrativas.

Captura de pantalla 2015-02-05 a la(s) 16.46.01Captura de pantalla 2015-02-05 a la(s) 13.10.26 Captura de pantalla 2015-02-05 a la(s) 13.10.40Captura de pantalla 2015-02-05 a la(s) 13.10.54 Captura de pantalla 2015-02-05 a la(s) 13.11.31Captura de pantalla 2015-02-05 a la(s) 13.12.04

Brennan nunca fue una gran estrella pero consiguió su momento de gloria (llegó a ganar tres oscar) como secundario a lo largo de las décadas que van de los treinta a los sesenta, especializándose en el rol de comparsa borrachín de rudos héroes como John Wayne, Humphrey Bogart o Gary Cooper. En el recomendable documental The Silver Screen: Color Me Lavender (1997), realizado en 1997 por el cineasta marica Mark Rappaport, se lleva a cabo una lectura queer de los personajes que invariablemente solía interpretar Brennan. En su película, Rappaport insiste en la espesa capa de homoerotismo que destila la camaradería del actor secundario en su interacción con la hipermasculinidad de John Wayne en los célebres westerns rodados a las órdenes de otro gran valuarte de la virilidad made in Hollywood, el realizador macho man, John Ford.

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Un vaquero llamado Walter Brennan.

Mirad, vamos a decirlo bien claro, todo esto es muy raro y nos aproxima a esa zona gris en la que la hipermasculinidad encarnada por el cine mainstream encuentra puntos en común con las masculinidades surgidas en el contexto de determinadas subculturas gays (del mundo leather al universo bear). De manera inesperada, Walter Brennan, actor heterosexual, padre de tres hijos, casado durante más de cincuenta años con su querida esposa Ruth Wells, vinculado a los géneros más machirulos del cine, acaba convertido en todo un sex symbol para refinados paladares queer. Retomemos ahora la misma escena de Good Morning Vietnam pero en su versión doblada. Atención a las capturas porque me he tomado la molestia de subtitularlas.

 Captura de pantalla 2015-02-05 a la(s) 16.46.01Captura de pantalla 2015-02-05 a la(s) 13.22.21Captura de pantalla 2015-02-05 a la(s) 13.22.34Captura de pantalla 2015-02-05 a la(s) 13.27.23Captura de pantalla 2015-02-05 a la(s) 13.30.12Captura de pantalla 2015-02-05 a la(s) 13.30.51

Como veis, en la versión doblada al español se ha producido un curioso desplazamiento. En esta ocasión, Jimmy Wah ha cambiado a su adorado Walter Brennan por otro grande del cine clásico, el actor Edward G. Robinson.

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Con todo el cariño, para Jimmy Wah.

En mi humilde opinión, esta sustitución resulta de especial interés. En primer lugar, Robinson siempre ha sido un poco fetiche sexual para mí, especialmente en mis años de adolescencia. Sus interpretaciones en el imaginario hardboiled e hipermasculinizado del cine negro clásico lo sitúan a la altura de los más grandes, de James Cagney a Humphrey Bogart. Sin embargo, el físico de Edward G. Robinson nunca encajó del todo en los parámetros del héroe convencional. Era bajito y feo, con una cara de pan de facciones toscas y un cuerpo ancho y pesado como una caja fuerte. A menudo interpretaba al gángster o al hampón de turno, aunque en sus colaboraciones con Fritz Lang –de La mujer del cuadro (1944) a Perversidad (1945)– destacó por encarnar la quintaesencia del americano medio, un personaje cuya virilidad se verá puesta a prueba por la irrupción de las sinuosas curvas una mujer fatal.

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Edward G. Robinson en ‘Perversidad’, masculinidad en fuga.

Hipermasculinidad, camaradería entre vaqueros, gángsters, matones, parece ser que todo este mundo macho desplegado por el Hollywood dorado en una época en la que cualquier referencia a la homosexualidad estaba vetada fue incapaz después de todo de permanecer al margen de la ambigüedad sexual. Parece ser también que la zona gris de la que hablamos, aquella en la que la masculinidad hiperbólica y la dimensión filogay se dan la mano por obra y gracia del exceso surge especialmente en contextos de reafirmación de roles patriarcales y virilidades de una pieza. De este modo, tan significativa me parece la alusión a Walter Brennan en la versión original de Good Morning Vietnam, como su sustitución por Edward G. Robinson por parte del adaptador de la versión doblada, puesto que tanto el uno como el otro habitaron mundos rabiosamente heterosexuales ajenos a la celebración de la diferencia. Pero con todo, lo que más me fascina ahora mismo es el misterioso proceso que los ha unido a ambos a través del doblaje, en un acto menos anecdótico de lo que parece. Sin olvidar la importancia que reviste la aparición de Jimmy Wah como encarnación de la figura del admirer, no en vano se trata de una de las primeras manifestaciones expresas por parte de Hollywood de que, en efecto, existe un amor homosexual hacia los hombres maduros, algo obvio para todos nosotros pero no para el mainstream heteronormativo.

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Ash Christian quiere seducirte

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Mirad, después del desastroso año que dejamos atrás, con la desaparición de tres actores fundamentales dentro del universo bear como son James Gandolfini, Philip Seymour Hoffman y, sobre todo, el nunca suficientemente llorado Bob Hoskins, es natural que nos interroguemos sobre jóvenes promesas del mundo de la actuación aspirantes a recoger el testigo chub dentro del cine contemporáneo. Este es el primer especial de una serie de tres, en el que presentaremos a bellezones emergentes en el contexto audiovisual actual destacables tanto por su talento interpretativo como por su simpatía abiertamente chubby. Es muy probable que no conozcas sus nombres, del mismo modo que es muy probable que hayas tropezado con alguna seductora fotografía suya en el imparable chorro de imágenes del tumblr, hasta el punto de que todo ello te haga exclamar “esa cara me suena” o, la más apasionada, “quiero comerte el agujero”. Le corresponde el honor de inaugurar la serie al jovenzuelo Ash Cristian, actor inquieto, a punto de alcanzar los treinta, además de actor, prolífico realizador, lechoncito de piel sonrosada y ambiciones más que claras. Ash quiere seducirte, quiere contarte una historia, quiere llevarte al huerto. En tus manos está seguirle. Sepamos algo más sobre su formidable figura.

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Nacido en Paris, pero no en la capital mundial del amor, sino en la polvorienta localidad tejana que inspiró la célebre película de Wim Wenders, Ash Ray Christian es uno de esos actores cuya precocidad desconcierta al más pintado. De entrada, su nombre llama la atención, Ash Christian, literalmente “Ceniza cristiana”, nos habla de un entorno de fervor religioso y de unos padres tan aficionados a la teletienda como a las enseñanzas de las sagradas escrituras. Será quizá por ello que a la edad de diecisiete años, cuando a la sazón era un chaval delgaducho, con ecos recientes del acné adolescente aún esculpidos en su piel lechosa y con cierta tendencia al sobrepeso, Ash decide mover su culo inquieto rumbo a nuevos horizontes. Tras una infancia marcada por su amor a la interpretación, por su franca homosexualidad en un contexto hostil y por la necesidad de contar historias sobre un escenario, el regordete rostro de Ash empieza a colarse en series de televisión tan populares como “Ley y Orden”, “Ugly Betty”, “Seis metros bajo tierra”, “Boston Public”, o en blockbusters como “Domino”.

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A partir de ahí, su incipiente trayectoria se dispone a tomar impulso y a afrontar nuevos desafíos. Con solo diecinueve años (¡chúpate esa, Xavier Dolan!), Ash escribe su primera película, “Fat Girls” (2006), cinta que producirá, interpretará y dirigirá en cuanto cumpla veinte tiernos añitos en estrecha colaboración con el atormentado y también precoz realizador marica Jonathan Caouette.

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La película, de clara inspiración autobiográfica, se centra en las penurias de un adolescente enamorado de los escenarios en un amuermado pueblucho de Texas. En ella, Ash interpreta a Rodney, el protagonista de la historia. Su aspecto físico dista todavía de su aspecto actual, pocos podían imaginar que ese chaval desgarbado y mofletudo maduraría como una sandía bajo el sol de agosto.

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En fin, precocidad, ego desatado y éxitos se suceden. Tras su presentación en el Tribeca Film Festival de Nueva York, la cadena MTV contacta con Ash para proponerle la adaptación de su “Fat Girls” a un formato televisivo. Poco tiempo después, en el año 2009, Ash abraza por todo lo alto el mundo de las tablas y cosecha un éxito notable en Broadway al coproducir “Next to Normal”, un musical recompensado con once nominaciones a los premios Tony y futuro premio Pulitzer.

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La envergadura física de Ash irá engordando de manera simultánea a sus propias ambiciones en la industria. Centrado en su carrera como realizador, con ganas de convertirse en algo tan sugestivo como la versión chubby y gay de Woody Allen, en el año 2011 estrena “Mangus!”, una comedia tirando a cafre, entre lo indie y lo amateur que narra las peripecias de Mangus, un adolescente que sueña con interpretar a Jesús en la representación teatral de “Jesucristo Superstar” de su instituto. Con apariciones tan agradables como la de Heather Matarazzo o la del mismísimo John Waters, “Mangus!” tuvo una acogida más que discreta.

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Inasequible al desaliento, Ash estrenará dos años después su nueva película como realizador, “Petunia”, una comedia dramática sobre una familia disfuncional protagonizada por Thora Birch. Pese a su mayor presupuesto, las apuestas de nuestro regordete realizador no acaban de funcionar, crítica y público se siguen resistiendo a su talento. Mientras continúa trabajando como actor en series de televisión como “The Good Wife”, “Cleaners” o “Person of Interest”, Ash sigue luchando por su reconocimiento como realizador. Su nuevo proyecto, “Adventures of Sweet Yellow” se halla en fase de posproducción.

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Tanto tesón por sacar adelante su carrera como realizador es algo que muchos no llegamos a entender. Visto su potencial como actor y su formidable evolución de vulgar adolescente texano a magnífico chubby, ahora mismo estoy mucho más interesado en verlo delante de las cámaras que detrás. Con el paso de los años los restos del acné adolescente se fueron por el desagüe de la ducha, formando cristalinos remolinos de agua bajo sus pies descalzos. Ash Christian se miró en el espejo tras eliminar el vaho. La imagen que este le devolvió era la de un cachorro lleno de sofisticación. Y mientras tanto, los años van pasando apuntando con pulso certero hacia el horizonte de la madurez. De no desviarse del sendero de baldosas amarillas, Ash tiene muchos puntos a su favor para formar parte de la galería de nuestros actores secundarios gordis favoritos. Esos labios finos, esos ojitos apenas entrevistos, esa frente despejada y esa rolliza expresión sacuden algo en lo más profundo de mi ser. Ash Christian, estoy dispuesto a aprenderme tu nombre. Cher ya lo ha hecho.

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La vida sexual de los actores gordos

Como amante del cine y de la subcultura bear, siempre me han interesado las mitologías desarrolladas en torno a la figura del actor secundario, especialmente al actor secundario entrado en carnes, orondo, carismático y rotundo. A lo largo de la historia del cine localizamos una amplia galería en la que figuran nombres de la talla de Sidney Greenstreet, Burl Ives, Broderick Crawford, Peter Ustinov, Victor Buono, Raymond Burr, hasta llegar a nombres como Ned Beatty, Charles Durning, Allen Garfield, Richard Riehle, George Dzundza o el recientemente fallecido, James Gandolfini. En fin, un amplio elenco de actores que por su redonda figura se ha visto desplazado al campo de los roles secundarios. Es la lógica del mainstream, si tu cintura excede las medidas estándar, prepárate para entrar en la liga de los actores de reparto. Si alguien desea más información sobre este universo paralelo de actores con maneras de oso, recomiendo los dos especiales que los chicos de Con Pelos TV les dedicaron en sus primeros programas.

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En fin, retomando el sensacionalista titular de esta entrada, hoy me gustaría hablaros de un libro de reciente publicación en España que se ocupa tangencialmente de tales menesteres. Se trata de “Servicio completo”, las memorias eróticas de Scotty Bowers, redactadas con la ayuda de Lionel Friedberg. Nacido en 1923, Scotty Bowers se enroló con los marines durante la Segunda Guerra Mundial para aterrizar a continuación en el dorado Hollywood de la década de los cuarenta. Su llegada a la meca del cine le pilla trabajando en una gasolinera que, por su estratégica ubicación y generosos horarios, se convertirá en un privilegiado lugar de celestineo homosexual en el contexto de un Hollywood babilónico sediento de sexo rápido y chicos guapos gustosos de ganarse unos pavos en las piscinas de Beverly Hills. Scotty Bowers se encontraba allí en medio de este lupanar, y a la sazón era un chico apuesto, con una enorme polla y un apetito sexual insaciable que no distinguía entre hombres y mujeres. En este sentido su bisexualidad resulta modélica, su hedonismo a prueba de bombas le llevará a aceptar toda propuesta de folleteo que se le presente, sea o no remunerada, ya provenga de actores, actrices, directores artísticos, escritores o guionistas.

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Leído hoy día, “Servicio completo” puede definirse poco menos que como una auténtica bomba informativa, en razón a la muy suculenta información que proporciona. Nombres de estrellas incuestionables se vinculan con orgías privadas, mamadas furtivas, noches de amor inesperado y parafilias que quitan el hipo del más osado. Lo sorprendente de la función es que Scotty Bowers se hace querer y, a medida que avanzamos en sus páginas, su voz va ganando autoridad. Sus recuerdos están recorridos por un cariño hacia todos sus amantes y una sensatez que se agradece muy sinceramente. Scotty no es una marica mala. De hecho, hablando con propiedad, ni siquiera era marica, como preferir, prefería follar con mujeres. Otra virtud del libro es su hábil estructura narrativa. A todas luces esto se debe al buen trabajo de Lionel Friedberg, redactor de las memorias, que sabe cómo arrancar la historia con nervio (¡y con tomate!) desde el principio e ir hilvanando astutamente episodios del pasado de Scotty con los momentos que más nos interesan, a saber, los que tienen que ver su experiencia en Hollywood.

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Como podéis imaginar, la vida de Scotty es muy rica en anécdotas, ya trabajase como chico de gasolinera o de maestro coctelero en fiestas privadas de lujosas mansiones. Prácticamente conoció a todo el mundo, especialmente a la comunidad homosexual hollywoodiense, por ahí desfilan Cary Grant, Randolph Scott, Katherine Hepburn, Cecil Beaton, George Cukor, Nöel Coward, James Dean, Tennessee Williams, Montgomery Cliff, Walter Pidgeon, Tyrone Power y un largo etcétera. A lo largo de su relato, desgrana apuntes sociológicos de cierto interés para el aficionado, a saber, en el muy estratificado sistema de los estudios cinematográficos, los diferentes departamentos se volvían más maricas cuanto menos técnicos y más creativos se volvían. Es decir, la movida gay se concentraba en los sectores de vestuario, dirección artística y sobre todo de interpretación. Mientras que los departamentos puramente técnicos de pesadas grúas, material de rodaje y demás logística era patrimonio de rudos y fornidos operarios que al terminar su dura jornada laboral regresaban al calor de sus hogares junto a sus mujeres, que aprovechaban el aire fresco de las tardes para reposar sus pasteles recién horneados en el alféizar de la ventana.

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Más de un actor gordo desfila por las páginas de “Servicio completo”. Yo me quedo con dos episodios notables, aquel que tiene que ver con Spencer Tracy, un actor atormentado, tirando a heterosexual pero con momentos en los que se deja lleva por la confusión de sus emociones y los vapores del alcohol; y aquel otro protagonizado por uno de los fetiches de Palabra de Oso, el gran histrión británico afincado en Hollywood Charles Laughton. Francamente, no me esperaba yo, a estas alturas de la vida, leer con tanto detalle sobre los gustos sexuales de Laughton, os lo digo con la mano en el pecho. Scotty Bowers nos lo cuenta sin pelos en la lengua y con esa levedad hedonista que le caracteriza. El voluminoso y genial intérprete protagoniza una de las escenas más hilarantes y asombrosas del libro. Eso sí, si queréis saber más, deberéis acudir a la librería más próxima y haceros con un ejemplar de “Servicio completo”, porque no estoy aquí para hacer spoilers. Estaría muy feo. Definitivamente, eso os lo tiene que contar el viejo Scotty.

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