¿Quieres sexo de calidad?

Hablaba de cosas como ‘orgasmos de calidad’, ‘sexo de calidad’, de aquello que ‘marca la diferencia’, no hablaba de los lugares a los que había llegado mientras le follaba, mientras nuestros cuerpos se convertían en una unidad y se precipitaba en las profundidades del dolor y del placer. Lloraba a lágrima viva por la gracia que le había sido concedida. Porque él era un brillante hombre de negocios que no había conocido nada igual en la vida. Aquellos orgasmos ‘eran de calidad’, decía, pero en su boca sonaba como un mero parámetro empresarial, como una reunión en la cumbre, como el pico de un éxito en un contexto de crisis. Si me pongo a pensarlo ahora casi me arrepiento: debería haberle dado más duro. ¿Quieres sexo de calidad? Tómalo.

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Jornada de nalgas abiertas

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Tenía uno de esos cuerpos neumáticos y redondeados que tanto me gustan. Follarle era poner en marcha toda una sinfonía de sonidos íntimos, profundos y desconocidos, enchufarle la polla de una tacada y tirar de uno de sus pezones hacía que su lloriqueo se quebrase en una amplia escala de registros, después de eso solo te quedaba subir la apuesta y llegar un poco más lejos, demostrarle las posibilidades del lenguaje físico y verbal, susurrarle al oído que pensabas usarle como la puta que era sin que te importara tanto gimoteo y todo lo demás. No tuve que decir mucho más, para entonces su ojete se había dilatado tanto que declaré el día jornada de nalgas abiertas.

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Era mi momento

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En la distancia su pelo gris parecía envolver su cara de un modo vaporoso, casi sobrenatural. La luz se proyectaba sobre su espalda y lo dotaba de su propia fluorescencia, el contorno de su rostro refulgía y parecía flotar en la oscuridad. Debo decir que como aparición no estuvo nada mal.
La habitación por horas no es de las que esperan, de modo que en cuanto abrimos la puerta nuestros pantalones ya estaban por los tobillos. Me gustó su ancho torso y la curva de sus nalgas bajo sus calzoncillos de algodón. Me eché sobre su cuerpo y nos comimos la boca con un hambre loca, como si aterrizáramos de un viaje de ácido. Quiso follarme y no pude negarme, las cosas habían dejado de depender de mí y yo ya tenía las piernas levantadas. La electricidad alimentaba nuestras miradas mientras me daba mi merecido. Se llevaba mi pie derecho a los labios y lamía su empeine mientras movía la cintura. Eché un nuevo vistazo a su rostro áspero y pensé que todo aquello ya lo había intuido en cuanto nos dimos la mano. Aquellos ojos no podían excluir la suciedad de su mirada y yo la quería toda para mí. Era mi momento.

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Algo más que un polvo

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Supe que su vida era un desastre en cuanto vi el polvo que se acumulaba en las estanterías. El salón estaba sobremueblado y repleto de cosas feas y absurdas. Pensé que debería tirarlo todo a la basura y abrir las ventanas durante una semana entera. Era tan evidente que sentí deseos de expresarlo en voz alta. En lugar de eso, guardé silencio y me llevó hasta la habitación. Había un talonario de recetas sobre algún rincón libre y me lo imaginé con una bata blanca recetando algo de amoxicilina para cualquier cosa. Esperé mirando al techo mientras se practicaba una ducha anal. Me hablaba como si yo fuese un activo que viniese del planeta de los activos. Los movimientos de su bigote tenían la virtud de reforzar los subrayados a la manera de un secundario de comedia clásica. Confieso que me hizo gracia. Un gato apareció de algún lado y saltó sobre la cama. También él reclamaba amor, pero no era de los que se andan con segundas. Acercó su cabeza a mi regazo y disfrutó de mis caricias. 

La puerta del baño se abrió y apareció el presunto doctor desnudo de pies a cabeza. Su cuerpo era suave y redondeado. Su pecho hirsuto estaba húmedo todavía y las gotas de agua se precipitaban hasta sus pies. Metí mi lengua en su boca y mi polla despertó como por arte de magia. Follamos sobre la cama de matrimonio en todas las posturas que nos vinieron en gana. Había un espejo sobre el cabecero y observé su hermoso cuerpo mientras afinaba mi juego de caderas. Me gustó la imagen pero decidí que quería aguantar un poco más. Él aprovechó para contarme sus miserias de pareja pero estuvo lejos de importarme. Era un buen tipo y merecía todo mi amor. Ya había visto todo aquel polvo en cuanto franqueé la puerta, nada podía sorprenderme.  

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Un hombre barato

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Quiero un hombre barato enganchado a los placeres caros. Un amante complaciente dispuesto a ser usado, un tipo del montón que no me venga con segundas, una espalda amplia y unas nalgas con hoyuelos. No exijo demasiado, están por todas partes, ¿es que no lo sabes? Quiero un amante natural y agradecido, con camisa almidonada y pantalón de pinzas. Te daré lo que me pides. Date la vuelta y mira más abajo, busca la moneda que cayó al suelo, no me digas que es de cobre. Quiero un tipo duro que me muestre el ojete a modo de saludo, incapaz de hacer pucheros cuando lea en mi mirada. Levanta tus piernas y déjalo a la vista, lameré tus pies y escupiré sobre tu vientre. Antes de terminar te explicaré de dónde vienes y te haré saber lo que me inspiras. No usaré ni una palabra. Busco un hombre sin principios, con su torso de tonel y los andares del que ya no tiene prisa. Te esperaré aquí sentado. ¿Acudiste a mi llamada? Alguien me dijo que eres un hombre barato.

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