All Things Durning

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Algún día propondré un canon de mis actores oso favoritos, de momento voy tropezando con cosas curiosas como este tumblr dedicado al orondo Charles Durning, uno de esos secundarios con pedigrí que reclamaron mi atención desde temprana edad. Siempre resulta divertido —y en cierto modo reconfortante— descubrir este tipo de cosas, es decir, pensar que no estás solo en el universo.

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Quizá en un pequeño pueblecito de Utah alguien dedica los ratos sueltos a elaborar un generoso archivo de imágenes sobre un memorable actor de reparto a quien el paso del tiempo se está empeñando en diluir en la nada. Charles Durning arrancó su carrera como actor de teatro para dar muy pronto el salto al cine. Su físico rotundo le servía lo mismo para interpretar papeles de rudo agente de policía como de divertido contrapunto en comedias de corte familiar. Sus ojos gris ceniza le proporcionaban a uno la sensación de poder sumergirse en su atractiva placidez, su aplomo y buen hacer estaban fuera de toda duda. Celebro que pese a habernos dejado hace ya unos años, su recuerdo permanezca. Bienvenido sea este tumblr pese a sus cutrones fotomontajes eróticos. En serio, ¡no hacían falta!

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La revancha del Power Bottom

“Nunca le enviaría una petición de sexo a un versátil”, me decía Nabil, uno de mis últimos amantes, un hermoso gordito londinense pasivo declarado. “En la práctica, la mayoría de los que se definen como versátiles acaban revelándose como pasivos exclusivamente, no me interesan”. Las palabras de Nabil me dejaron pensativo. Vivimos en una época en la que desde diferentes frentes de la comunidad LGBTQI se aboga por la extinción de las etiquetas en favor de una concepción utópica de la sexualidad en la que la diversidad y la tolerancia marquen el signo de los tiempos. Ni masculino ni femenino sino todo lo contrario. Ni activo ni pasivo sino todo lo contrario. La idea es no abundar en las categorías tradicionales, acabar de una vez con lo que tienen de construcción cultural heredada. Todo muy bonito, sí, pero ¿acaso nos estamos pasando?

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Hay quien afirma que al patentar etiquetas como “bear”, “chubby”, “activo” o “pasivo”, “gay” o “hetero” estamos simplificando y alimentando un estereotipo que, a la larga, se torna excluyente. ¿Podrían estar en lo cierto? Probablemente, pero a todas luces vivimos tiempos muy difíciles para dejar las etiquetas a un lado. ¿No es así? De hecho vivimos en la época dorada de las apps de folleteo (¡si hasta la comunidad hetero disfruta de ellas!), unas apps cuya estructura y funcionamiento se articula a través de la existencia misma de las etiquetas. Y yo me pregunto, ¿acaso no viene a ser una manera de entendernos?
Dos días después de despedirme de Nabil, me encontraba en la cama con un par de osos fornidos y redondos. Uno de ellos, Tomeu, pasivo para más señas, se lamentaba: “He dejado de quedar con versátiles. Al final siempre resulta que de activos no tienen nada, no son versátiles para nada, solo pasivos”. En apenas unos días volvía a encontrarme casualmente con el mismo razonamiento, y por supuesto, ello me empujó de nuevo a los brazos de la reflexión. La descripción del panorama sexual ofrecida tanto por Nabil como por Tomeu coincidía en una cosa, en la necesidad de usar las etiquetas, y sobre todo, ¡de usarlas bien!

“Hay versátiles que se definen como tales y en sus perfiles solo muestran fotos de su culo en pompa, ya me dirás tú lo que significa”, me comentaba Tomeu mientras me permitía reposar mi pierna sobre sus rechonchas nalgas recién folladas. Todo ello seguía apuntando en la misma dirección: en el mundo del folleteo más vale que seas claro, sincero y directo y sepas usar debidamente las etiquetas. Esto es algo que choca frontalmente contra las pretensiones de la teoría queer en particular y las teorías sobre el carácter performativo del sexo/género en general. Aquí hay algo que no encaja y de lo que pueden derivarse una larga serie de debates: ¿son tan malas las etiquetas? ¿hay algún problema en que alguien se defina como ‘activo’ o ‘pasivo’ sin más? ¿existe un desencuentro entre la teoría queer y lo que pasa en tu cama? ¿son los ‘pasivos’ quienes — tras ser minusvalorados o directamente vilipendiados por la tradición histórica— están estableciendo las reglas del renacido juego sexual versión 2.0.? Y se ocurre otro más, ¿es que nadie quiere meterla?

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“No soporto cuando se definen como empotradores de 20 cm y luego ni siquiera se les levanta”, continuaba Tomeu tumbado boca abajo en su amplia cama de matrimonio. La luz solar se derramaba por la habitación como una cascada furiosa. A través de la ventana pude divisar una zona boscosa de cruising de las afueras de Vilanova i la Geltrú. “Hace poco me hice unos buenos kilómetros para follar con un activo y tuve que volverme a casa como había venido”. El enfado y la decepción subyacen bajo sus palabras. Tomeu lamenta seriamente esa falta de exactitud en el uso de las etiquetas.
Luego estarán las voces que clamarán contra la importancia que suele concederse al acto de la penetración. Mirad, ese ya sería otro debate. Hasta donde yo sé la penetración viene siendo una opción francamente interesante, pero no la única, totalmente de acuerdo.

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Otra lectura que podemos hacer de algunas de las cuestiones aquí planteadas es que la figura del Power Bottom se está sacudiendo por fin todo resto de vergüenza o timidez y está mostrando sus cartas con innegable orgullo y asertividad. La revancha del Power Bottom viene pisando fuerte y es poco amiga de las tonterías habituales. Ellos tienen el poder, te pedirán cuentas y te harán sudar, siempre pedirán uno más antes de que salgas por esa puerta. Deja de marcarte faroles, no seas ridículo, desenfunda tu polla tiesa y demuestra que… usas las etiquetas correctamente de una jodida vez.

Relatos de madurez gay

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Hoy quiero recomendar un estupendo blog centrado en narrativa bear que nos ofrece un auténtico arsenal de relatos de osos de alto voltaje erótico y nada desdeñable quehacer literario. Se trata de Relatos de madurez gay, un lugar en el que Victorvanupp va recopilando sus historias de osos y que él mismo presenta con estas sencillas palabras:  “Me he aficionado a escribir unos relatos que plasman fantasías sexuales en el ámbito de hombres maduros y robustos. Solo pretendo irlos sacando de mi PC y ofrecerlos a quienes les puedan interesar y disfruten con ellos, como yo lo he hecho escribiéndolos…”.

Todo un ejemplo de humildad para un escritor que lleva casi seis años compartiendo sus trabajos con una admirable regularidad, arrojando un saldo de más de un centenar de relatos publicados, con títulos tan sugestivos como “El cuarto de juegos”, “De viaje con el jefe” o “El fontanero goloso”. Su verbo ágil, su resuelta imaginación, la fabulosa galería de personajes y la deliciosa sucesión de anécdotas que acumula le otorga al conjunto una entidad propia e inconfundible.

Su importancia en el contexto de la cultura pop propiamente bear resulta fundamental y la sitúo junto a grandes aportaciones como El Ósculo Hirsuto de Guibu, el Bearton City de Daniel Mainé o el periodismo brut de los chicos de Bebearmyfriend. Y, cómo no, me gusta pensar que está hermanada con mi propia serie de novelas Palabra de Oso, al fin y al cabo, ambos proyectos comparten un mismo punto de partida: la necesidad de contar historias que celebren la belleza y la sensualidad de aquellos hombres robustos, fornidos y redondos que alimentan nuestras fantasías. Háganse un favor, y — en el dudoso caso de que no los conozcan todavía— lean y disfruten de los relatos de madurez gay de Victorvanupp. Te alegrarán el día.

Los osos y la imposibilidad de expresar el deseo

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Lazy Bear Weekend – Photo by L. S. Ludwig

Mirad, son malos tiempos para expresar el deseo. Poneos en la piel de un creador o de un escritor, como es mi caso. Si desarrollas ficciones protagonizadas por personajes creados a la medida del canon estético universal estás contribuyendo al odioso afán simplificador del mainstream, a su odiosa dependencia del estereotipo y al culto a los cuerpos imposibles. Si, por contra, apuestas por otro tipo de cánones, aquellos que huyen de la irritante perfección del anuncio de calzoncillos, en favor de cuerpos robustos, redondos y sobrados de kilos, también parece que la cuestión se convierte en problemática.

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Meses atrás una revista literaria online publicaba un breve artículo sobre el subgénero de Literatura Bear a colación de mi serie de novelas eróticas Palabra de Oso. En los comentarios, podía leerse la opinión de una internauta en la que decía lo siguiente: “Conocía la corriente “oso”, lo que no conocía era el subgénero literario. No me vuelve loca la idea de una glorificación de la obesidad, sinceramente. Creo que no es sano. Tampoco me lo parece la glorificación de los cuerpos perfectos y la eterna juventud, vampiros aparte.”

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Semejante afirmación resulta especialmente reveladora del momento actual. Para bien o para mal, seguimos viviendo en la era de lo políticamente correcto. Supuestamente, hay un interés creciente entre lxs creadorxs por no caer en el estereotipo ni herir susceptibilidades por razón de raza, físico u orientación sexual. Pero si suscribimos las palabras de la internauta (que firma como Ana J.), llegamos a la conclusión de que, yo, Bob Flesh, no puedo expresar el deseo sexual que siento hacia los hombres gordos y fornidos. En definitiva, como escritor, debo renunciar a él como material literario para no caer en lo «políticamente incorrecto».

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Portada de «Arde París», una de mis novelas políticamente incorrectas.

La conclusión que saco de todo esto es que las consecuencias de la era de lo políticamente correcto (recordemos que dicha noción empieza a usarse a finales ochenta/primeros noventa) son tan bienintencionadas como nefastas. ¿Por qué? Porque a menudo las buenas intenciones, más que cargarlas el diablo, las carga la estupidez más extrema. Resumiendo, lo que me están diciendo es que no puedo escribir una novela erótica en la que aparezcan personajes gordos haciendo el amor entre ellos porque estoy llevando a cabo una celebración de la obesidad, y eso no es sano.

Fragmento de la serie «El Ósculo hirsuto» – Guibu ©

Comentarios como el de Ana J. son tan necios y peligrosos como las típicas afirmaciones hechas desde una esfera patriarcal, rancia y heteronormativa. Es preciso darse cuenta de estas contradicciones, reflexionar sobre ellas y evolucionar. Hay un hecho, muchos hechos, hay autores y artistas que hablan de cuerpos perfectos y se alimentan del sempiterno canon estético universal. Y luego hay escritores como yo, o como Guibu (con su serie El Ósculo Hirsuto), o como Daniel Mainé (con su Bearton City), o como Victorvanupp (con sus relatos sobre la Madurez Gay), que nos sentimos motivados por otro tipo de cuerpos, redondos, confortables, rotundos. El debate de si esta vertiente de la creación artística es sana o no, resulta prepotente, equivocado, desfasado y sobre todo ridículo.

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Imagen promocional de Bearton City – Daniel Mainé ©

Ya está bien de afirmaciones ociosas y dañinas. Abrámonos a la diversidad, porque de eso se trata. No de glorificar un solo tipo de cuerpo sino la amplia variedad que nos ofrece la naturaleza humana. ¡Por supuesto que podemos glorificar! Escribir escenas eróticas protagonizadas por hombres gordos tiene que ver con la expresión del deseo, con algo sincero, verdadero, profundo y compartido por otros muchos lectores (¿lo pillas Ana J.?). Negarnos esta posibilidad significa censurar, silenciar y condenar de la manera más descerebrada, poco menos que regresar a un régimen totalitario. Dicho esto, mi reflexión del día es la que sigue: expresemos el deseo, claro que sí, y a ser posible abrazando la diversidad de cuerpos. De hecho, casi todos ellos tienen cabida en mi serie Palabra de Oso: osos polares, chubbies lampiños, chasers esbeltos, daddies canosos, etc, etc. Apostemos por la variedad y dejemos de condenar con clichés de tertulia de sobremesa. Porque llegados a este punto es preciso que sepas algo que te afecta directamente: la estupidez nos rodea y en tus manos está detectarla.

La Playa de los Ositos

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Mirad, en el planeta Tierra, en Europa, en Cataluña, en la provincia de Barcelona se encuentra uno de mis enclaves favoritos del mundo oso aquí en España, se trata de la Playa de Balmins, lugar que rebauticé en una de mis novelas como la Playa de los Ositos.

La Playa de los Ositos es una cala nudista que encontraréis junto al cementerio de Sitges en dirección al gran hotel Meliá. Su extensión es modesta, apenas unos cientos de metros pero todo lo que acontece en ella en cualquier día de temporada es rico en sensaciones y pequeños acontecimientos eróticos.

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Son innumerables las aventuras que he vivido allí, la belleza, la sensualidad y la desnudez campan a sus anchas. Por no hablar del permanente juego de miradas cómplices, juguetonas y prometedoras que allí se desarrolla. Si el día se presenta soleado y animado (como viene siendo habitual) es muy conveniente bañarse en sus aguas puesto que estas se llenan de manos. Me encantan las historias de amor que se pueden vivir a lo largo de un refrescante baño de media hora.

En mi segunda novela de la serie Palabra de Oso, Vacaciones en el mar, Marc Kaplan, su protagonista, y el precioso osito panda Joel visitan la Playa de los Ositos en lo que será el detonador de una trama excitante llena de aventuras. En el capítulo en cuestión ofrezco una breve descripción de lo que allí te puedes encontrar. Si estás planificando tus vacaciones y recalas por esta zona de la costa mediterránea, te aconsejo que no dudes en visitarla. No se me ocurre mejor manera de describir el ambiente que allí se vive que compartir con vosotros el capítulo completo de “La Playa de los Ositos”. Apuesto a que muchos reconoceréis el aroma que desprenden sus palabras.

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“Joel llegó a su destino sano y salvo. Aquello era más bien una cala dividida en dos. El primer tramo, donde estaban las duchas y el chiringuito, estaba más bien orientado a un público familiar, heterosexual o no.

La playa de los ositos en sí no era sino una pequeña extensión de unos cien metros de longitud. Eso sí, muy bien aprovechados. Aquello estaba lleno de ositos, daddies, chubbies y cazadores, todos mezclados. Además era una playa nudista. Joel se congratuló por haber decidido acercarse hasta allí sin más demora.

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Alquiló una tumbona y una sombrilla y se preparó para su día de playa. Se desnudó del todo. Primero se quitó los pantalones cortos, luego el speedo y, por último, la camiseta. Se acomodó, repantigándose en la resistente lona azul de su hamaca, dispuesto a disfrutar del espectáculo que se ofrecía ante sus ojos. La brisa cálida le acariciaba la piel en toda su superficie, por todos sus rincones. Resultaba muy agradable. No había ninguna duda, el nudismo es siempre la mejor opción.

Aquella parecía una playa más social que la del Calipolis, más abierta al diálogo y, ejem, a la posibilidad de hacer amigos. De hecho, Joel pensó que, a juzgar por los distintos grupos que conversaban animadamente en la orilla aquello tenía un algo de patio de vecinas. Todo el mundo parecía conocerse desde tiempos muy pretéritos, había risas y camaradería. Joel se consideraba un tipo bastante extrovertido, su carácter era franco y abierto y su profesión le exigía don de gentes. Era un poco relaciones públicas, con dotes de buen comunicador. No obstante, ahora no estaba en modo trabajo y no tenía un mayor interés en hacer nuevos amigos. No se había desplazado hasta allí con tal fin. Entablaría conversación con quien quisiera pero, eso sí, cuando ésta surgiera de manera espontánea.

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Observó a la gente de la orilla. Había un daddy típico, con el pelo completamente cano, que les mostraba algún detalle de su polla a sus amigos. Estos rompieron a reír. Joel reparó con sorpresa en que conocía a dos de ellos. No sabía sus nombres, pero eran nounours parisinos, los tenía más que vistos en el Bear’s Den. Descartó la posibilidad de acercarse a ellos y saludarlos. Aquellas situaciones eran muy típicas del ambiente gay y sabía muy bien cómo afrontarlas: actuar como si no los hubieras visto en la vida. La pregunta era, ¿cuántos grados de separación existían entre un osito y otro? ¿Tres? ¿Dos? ¿Uno? Contacto. Joel quería otro tipo de contacto. Miró a su derecha y descubrió a un grupo donde predominaban los chasers. ¡Bien! Quizá una docena de ellos. ¡Estupendo! Además, juraría que estaban hablando de él, puesto que el más guapo de la pandilla señalaba en su misma, precisa y exacta dirección. Era muy moreno y, como el resto de sus amigos, llevaba la barba de rigor. Podría ser español, italiano o turco, ¿qué más daba?

–Ahora sí, esta playa es La Playa –se dijo para sus adentros.

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Decidió meterse en el agua, con el fin de descubrir si alguno de aquellos chicos iba tras él. Dio un largo sorbo de su botella de agua mineral para hidratarse, se levantó y se acercó a la orilla. El agua estaba tan fría que dudó sobre la conveniencia de bañarse. Además en aquel momento no había ningún valiente dentro. Por algo sería.

Con todo, hizo de tripas corazón y llevado por el optimismo avanzó sin pensarlo más. El shock térmico le hizo exclamar un par de tacos y, tristemente, su polla se encogió hasta alcanzar el tamaño de un garbanzo. Maldita sea. Tomó nota mental de que debía volver a aquella playa pero en pleno verano, cuando todas las condiciones climáticas fuesen óptimas.

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Tras un gran ejercicio de relativización (¿cómo serían las aguas polares?) y de autocontrol, se acostumbró a aquella temperatura y poco a poco empezó a relajarse, a disfrutar. Lanzó una mirada al grupo de chasers. Allí estaban. Parecía una pandilla muy bien avenida, como todas las demás. Si bien, percibió un matiz diferente en esta. Había algo oscuro, misterioso e indefinible en aquellos chicos. No eran como los demás grupos que conformaban el patio de vecinas que, a la postre, resultó ser la playa de los ositos. Unos minutos antes, cuando estaba en la orilla, ya había reparado en que parecían todos hermanados por algo, ¿pero por qué? La única pista que parecía apuntar en esa dirección era aquel tatuaje idéntico que todos llevaban en el mismo lugar, en la pantorrilla derecha. Joel había intentado distinguir cuál era el motivo de aquel dibujo pero, sin prismáticos, no era posible. Naturalmente, su curiosidad se había multiplicado.

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Desvió la vista en dirección a la línea del horizonte y optó por hacer un par de largos. Por fin había entrado en calor. Nadó hasta una gran boya blanca y luego regresó hasta el lugar aproximado donde había estado, en una zona donde el agua no le cubría del todo. Meó en las aguas del mediterráneo y se tumbó boca arriba haciendo el muerto. Ofreció su magnífica barriga al sol de poniente. Una reluciente redondez cuya piel húmeda producía destellos que le daban un barniz de ensoñación e irrealidad a la escena. Joel flotaba sobre el agua en perfecto equilibro, la quietud del mar lo permitía. Sentía los rayos del sol sobre sus mejillas, una cálida y muy agradable sensación que le llevó a abstraerse y confundirse con la propia felicidad del momento. Viajó hasta una dimensión de paz, armonía y silencio. Por eso le sorprendió tanto aquel chapoteo repentino y aquella voz varonil inesperada que le decía:

–Cómo flotas, tío.
Joel no entendió bien lo que le acababa de decir aquel chico. Era el más guapo del grupo. Se había llevado el premio gordo. Finalmente, había acudido a su encuentro. «Por fin he pescado algo», pensó para sí, «¡gracias divinidad de las aguas!», agradeció a Neptuno mientras caía irremediablemente presa de la sonrisa de aquel bronceado y apuesto muchacho. Y en su ingenuidad, Joel aún estaba lejos de sospechar que era a él a quien habían pescado.”

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