Había una serie de protocolos que seguir antes de llegar a la suite del ático. Pregunté en recepción y alguien hizo una llamada en voz muy baja, como si le hablase al cuello de la camisa. Un minuto después me confirmó que alguien me podía acompañar hasta el final del pasillo para empezar el recorrido ascendente. Mientras avanzaba reparaba en detalles que me hablaban de lujo. La moqueta bajo mis pies me hacía sentir que flotaba, que me deslizaba entre algodones: todo era silencio y confort. Tanta pompa me parecía excesiva, ni siquiera tengo el vocabulario para describirlo, yo solo quería llegar de A a B y, una vez allí, pasar un buen rato.
Unos pisos después golpeé la puerta con los nudillos. El hombre que me abrió la puerta era maduro, poseía un frondoso bigote oscuro y, a través de su bata de seda, atisbé un apetecible cuerpo neumático aunque depilado. Un punto menos para él. Quise darle un beso pero la rigidez de su lenguaje corporal lo echó por tierra. Atravesamos el salón de su majestuosa suite y llegamos hasta el dormitorio. A la derecha, un gran ventanal y la terraza con vistas al Paseo de Gracia. Se quitó la bata y se quedó en calzoncillos. Parecían salidos del vestuario de una película del espacio, con ese acabado dorado que redondeaba las nalgas hasta convertirlas en algo puramente artificial. Mi polla empezó a sumirse en la indiferencia.
Aquel hombre era un analfabeto sexual. Desconozco el motivo. Era un prestigioso editor de moda y había alcanzado el éxito. Pero no le servía de nada. La rigidez de su cuerpo era lo contrario de un afrodisiaco, su inseguridad aniquilaba todo asomo de deseo. No tenía ninguna iniciativa ni picardía. Todo aquel lujo para qué. Los calzoncillos espaciales debían de costar un riñón. Por alguna razón pensé en ellos mientras trataba de estimular sus pezones con mi juego de lengua. Nada ocurrió. O mejor dicho, sí. La certeza de estar perdiendo el tiempo. Le dije: «esto no está funcionando, me largo». Él asintió bovinamente. Por sus venas no corría sangre sino alguna bebida vegetal. Me vestí deprisa y suspiré con enfado mientras me ataba los cordones de las zapatillas. Él se había vuelto a poner sus calzoncillos dorados. Cuando salí a la calle me calé las gafas de sol para amortiguar la hiperrealidad. El lenguaje universal del amor no siempre es tan universal, del mismo modo que un hotel de cinco estrellas no tiene por qué garantizarte un polvo de cinco estrellas.
bearotica
Ancient Greek Ceramic Plate Drawings
Hace un par de años ya dimos cuenta en esta web del sugestivo proyecto que había puesto en marcha el artista y activista James Unsworth (Liverpool, 1979), la elaboración de una serie de 52 diseños inspirados por el arte cerámico de la Grecia clásica pero protagonizados por figuras orondas fuera del canon estético helenístico.
Casi dos años después, su proyecto está terminado y vuelve a llamar nuestra atención puesto que James ha reunido en una publicación —Ancient Greek Ceramic Plate Drawings— los dibujos realizados. Toda una reescritura de la crónica estética legada por el mundo clásico protagonizada por modelos (algunos reconocibles) contactados a través de redes sociales como Instagram. La belleza de las imágenes, así como su sentido del humor y del erotismo, ofrece una mirada divertida y refrescante sobre lugares que ya forman parte de nuestro mapa mental. Esta primera edición consta de un total de cien ejemplares numerados y por lo que sabemos acaba de agotarse. No sabemos si habrá una nueva edición en breve pero para más información, y para conocer los otros proyectos del artista, no está de más que te pases por su tienda.
La felicidad de los Katakuris
Un luchador de sumo muere mientras hace el amor en el hotel regentado en las montañas por la familia Katakuri. Son muchas las sorpresas que les espera a tan peculiar familia a lo largo de The Happiness of the Katakuris (Takashi Miike, 2001), un delirante e irresistible musical que ahora cumple veinte años. Si aún no lo has visto, búscalo. Lo vas a disfrutar. Palabra de oso.







Marjal, el erotismo agrícola que estabas esperando

La factoría Marirecords es una máquina en permanente combustión. Meses después de la primera entrega de su novela ilustrada ¡Pobre Herminio! nos regala un nuevo cómic que hará las delicias de los amantes del erotismo bruto y asilvestrado. Marjal es un proyecto erótico-festivo que surge como homenaje a lo local, al folklore y a la cultura labriega de la huerta valenciana. Las maneras de este cómic son brutas como la marca que deja la azada en la tierra al levantar un caballón. Todo el mundo podrá disfrutar de su sentido del erotismo pero los que mayor placer extraigan serán aquellos que conozcan en profundidad el ambiente rural que recrea.
De trazo tosco, gustosamente underground, este Marjal nos cuenta el encuentro entre Pasqualet y el señor Vicent en el curso de un día de trabajo en el campo. Jota, autor del cómic, se recrea en el gusto por lo escatológico y por el típico humor asociado a la terreta. El resultado es un tebeo punk, cachondo y cerdo a rabiar, unas páginas sucias que se alimentan de una tradición que viene de lejos, con su propia idiosincrasia y que muchos esperábamos sin ser conscientes de ello. Esta colisión entre lo rural valenciano (eso que muchos llaman, la terreta, la huerta o la marjal) y el amor por los hombres grandes y gordotes adquiere la forma de encuentro feliz e imprescindible.
Si tienes un paladar refinado, este no es tu cómic. Si por el contrario eres un coleccionista de auténticas muestras de erotismo brut asociado a la cultura Bear en su expresión más marginal, esto te va a proporcionar mucho gozo a un nivel profundo. Pasqualet es un hombre de los que ya no quedan y Marjal un garrotazo en el lomo de lo políticamente correcto. Honestamente, resulta difícil explicar lo que ocurre en sus páginas. Mejor no desvelar gran cosa. Solo te diré que no te quedes sin tu ejemplar. Lo vas a lamentar.
Marjal está disponible en tres versiones (castellano, inglés y valenciano) en la tienda de Marirecords.
La pincelada de Kenney Mencher
«Maestro de la pintura queer y homoerótica, centrada en leather daddies, osos, otters y twinks. A veces pinto imágenes nostálgicas del siglo pasado, mujeres y otros asuntos sobre la cultura pop. Soy un profesor de historia del arte y estudio artístico retirado». Así se presenta el artista norteamericano Kenney Mencher (Brooklyn, NY, 1965), instalado en Palo Alto, un pintor cuyas aportaciones a la subcultura bear, en su mejores momentos, poseen un sello original que lo aleja de los cauces habituales. Su rasgo más común es el visible trazo en sus pinturas al óleo en un intento por capturar la sensualidad de la figura humana y otorgarle una fisicidad propia.

En ocasiones su trabajo se centra en el mero estudio anatómico y en otras reclama una narrativa propia que potencia la capacidad de fascinación del conjunto. De carácter prolífico, dentro de su vasta obra encontramos trabajos que atraen nuestro interés más que otros, pero más allá de esa condición irregular, cuando acierta lo hace de manera notable. Vale la pena echar un vistazo a lo que tiene que ofrecernos y perderse un rato por su particular sensibilidad.












