El piloto de Lufthansa

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Nunca sé si me hablan en serio, me dijo. Era un tipo muy literal. Se le daba muy bien comprender los controles de la cabina de su Boeing 747 pero le costaba interpretar las emociones ajenas. Trabajaba para Lufthansa y no supo cómo leer mi rostro. El vuelo transoceánico le había alborotado el pelo y la barba. Parecía recién expulsado por un motor de reacción. Estaba agotado pero aún así insistió en que le acompañara hasta su hotel. Nos desnudamos y nos metimos bajo las sábanas. Lamía su agujero cuando alguien llamó a la puerta. Le dije que no lo hiciera. Nuestras pollas estaban demasiado duras. Se enrolló con la sábana y salió a ver. Era un chico que había acertado el número de habitación pero no el hotel. Aún así lo hizo pasar. Nunca supe si era cosa suya o del jet lag. 

Déjalo que se queme

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Los diálogos preliminares entre él y yo se parecían mucho a los del porno, no tenían ningún interés, daban ganas de darle al avance rápido. Así que entramos en materia y él se convirtió en un volcán en erupción. Su cama era Pompeya y se disponía a ser arrasada por el fuego. Pronto empezó a gritarme y a suplicarme. “¡Viólame, viólame!”. Eso me llevó a pensar en lo mal que se lleva nuestra vida sexual con lo políticamente correcto. Me lo había quitado todo menos el sombrero, siempre me pedía que me lo dejase puesto. Empecé a sudar y él también. Sus nalgas tenían un tacto acuático, las zurré con ganas mientras él seguía gritando cosas sucias. El fuego nos hacía sudar cada vez más. “¡Me pones muy puta, joder!”. Cuando terminamos él empezó a roncar, estaba en paz consigo mismo y con el mundo. El sombrero me agobiaba y lo dejé sobre la cama. Dicen que trae mala suerte pero a mí me daba completamente igual.