Ash Christian quiere seducirte

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Mirad, después del desastroso año que dejamos atrás, con la desaparición de tres actores fundamentales dentro del universo bear como son James Gandolfini, Philip Seymour Hoffman y, sobre todo, el nunca suficientemente llorado Bob Hoskins, es natural que nos interroguemos sobre jóvenes promesas del mundo de la actuación aspirantes a recoger el testigo chub dentro del cine contemporáneo. Este es el primer especial de una serie de tres, en el que presentaremos a bellezones emergentes en el contexto audiovisual actual destacables tanto por su talento interpretativo como por su simpatía abiertamente chubby. Es muy probable que no conozcas sus nombres, del mismo modo que es muy probable que hayas tropezado con alguna seductora fotografía suya en el imparable chorro de imágenes del tumblr, hasta el punto de que todo ello te haga exclamar “esa cara me suena” o, la más apasionada, “quiero comerte el agujero”. Le corresponde el honor de inaugurar la serie al jovenzuelo Ash Cristian, actor inquieto, a punto de alcanzar los treinta, además de actor, prolífico realizador, lechoncito de piel sonrosada y ambiciones más que claras. Ash quiere seducirte, quiere contarte una historia, quiere llevarte al huerto. En tus manos está seguirle. Sepamos algo más sobre su formidable figura.

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Nacido en Paris, pero no en la capital mundial del amor, sino en la polvorienta localidad tejana que inspiró la célebre película de Wim Wenders, Ash Ray Christian es uno de esos actores cuya precocidad desconcierta al más pintado. De entrada, su nombre llama la atención, Ash Christian, literalmente “Ceniza cristiana”, nos habla de un entorno de fervor religioso y de unos padres tan aficionados a la teletienda como a las enseñanzas de las sagradas escrituras. Será quizá por ello que a la edad de diecisiete años, cuando a la sazón era un chaval delgaducho, con ecos recientes del acné adolescente aún esculpidos en su piel lechosa y con cierta tendencia al sobrepeso, Ash decide mover su culo inquieto rumbo a nuevos horizontes. Tras una infancia marcada por su amor a la interpretación, por su franca homosexualidad en un contexto hostil y por la necesidad de contar historias sobre un escenario, el regordete rostro de Ash empieza a colarse en series de televisión tan populares como “Ley y Orden”, “Ugly Betty”, “Seis metros bajo tierra”, “Boston Public”, o en blockbusters como “Domino”.

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A partir de ahí, su incipiente trayectoria se dispone a tomar impulso y a afrontar nuevos desafíos. Con solo diecinueve años (¡chúpate esa, Xavier Dolan!), Ash escribe su primera película, “Fat Girls” (2006), cinta que producirá, interpretará y dirigirá en cuanto cumpla veinte tiernos añitos en estrecha colaboración con el atormentado y también precoz realizador marica Jonathan Caouette.

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La película, de clara inspiración autobiográfica, se centra en las penurias de un adolescente enamorado de los escenarios en un amuermado pueblucho de Texas. En ella, Ash interpreta a Rodney, el protagonista de la historia. Su aspecto físico dista todavía de su aspecto actual, pocos podían imaginar que ese chaval desgarbado y mofletudo maduraría como una sandía bajo el sol de agosto.

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En fin, precocidad, ego desatado y éxitos se suceden. Tras su presentación en el Tribeca Film Festival de Nueva York, la cadena MTV contacta con Ash para proponerle la adaptación de su «Fat Girls» a un formato televisivo. Poco tiempo después, en el año 2009, Ash abraza por todo lo alto el mundo de las tablas y cosecha un éxito notable en Broadway al coproducir “Next to Normal”, un musical recompensado con once nominaciones a los premios Tony y futuro premio Pulitzer.

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La envergadura física de Ash irá engordando de manera simultánea a sus propias ambiciones en la industria. Centrado en su carrera como realizador, con ganas de convertirse en algo tan sugestivo como la versión chubby y gay de Woody Allen, en el año 2011 estrena “Mangus!”, una comedia tirando a cafre, entre lo indie y lo amateur que narra las peripecias de Mangus, un adolescente que sueña con interpretar a Jesús en la representación teatral de “Jesucristo Superstar” de su instituto. Con apariciones tan agradables como la de Heather Matarazzo o la del mismísimo John Waters, “Mangus!” tuvo una acogida más que discreta.

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Inasequible al desaliento, Ash estrenará dos años después su nueva película como realizador, “Petunia”, una comedia dramática sobre una familia disfuncional protagonizada por Thora Birch. Pese a su mayor presupuesto, las apuestas de nuestro regordete realizador no acaban de funcionar, crítica y público se siguen resistiendo a su talento. Mientras continúa trabajando como actor en series de televisión como “The Good Wife”, “Cleaners” o “Person of Interest”, Ash sigue luchando por su reconocimiento como realizador. Su nuevo proyecto, “Adventures of Sweet Yellow” se halla en fase de posproducción.

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Tanto tesón por sacar adelante su carrera como realizador es algo que muchos no llegamos a entender. Visto su potencial como actor y su formidable evolución de vulgar adolescente texano a magnífico chubby, ahora mismo estoy mucho más interesado en verlo delante de las cámaras que detrás. Con el paso de los años los restos del acné adolescente se fueron por el desagüe de la ducha, formando cristalinos remolinos de agua bajo sus pies descalzos. Ash Christian se miró en el espejo tras eliminar el vaho. La imagen que este le devolvió era la de un cachorro lleno de sofisticación. Y mientras tanto, los años van pasando apuntando con pulso certero hacia el horizonte de la madurez. De no desviarse del sendero de baldosas amarillas, Ash tiene muchos puntos a su favor para formar parte de la galería de nuestros actores secundarios gordis favoritos. Esos labios finos, esos ojitos apenas entrevistos, esa frente despejada y esa rolliza expresión sacuden algo en lo más profundo de mi ser. Ash Christian, estoy dispuesto a aprenderme tu nombre. Cher ya lo ha hecho.

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Chubbies con speedos, David Beckham y el Photoshop

Que al mainstream le incomoda un hombre gordo no es ningún secreto. Que a menudo lo convierte en objeto de mofa tampoco. El 29 de agosto del año 2011 el Daily Mail Online publicaba una noticia de lo más elocuente: David Beckham llevó a las playas de Malibú a su numerosa descendencia para darle unas lecciones básicas de surf. El santo patrón de lo metrosexual, cuyos abdominales, según el medio citado, “son la envidia de muchos hombres” (bostezo), emergía de las templadas aguas del Pacífico cuando tropezó con la figura de un magnífico chub ataviado con un sencillo y bien ceñido speedo.

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Tal encuentro merece ser considerado como lo que es, un hito cultural en toda regla en el que se baten las dos fuerzas antagónicas sobre las que gravita la historia de la comunidad bear, la dictadura de lo fashion y del canon estético universal versus la glorificación y rotunda autoafirmación de las redondeces naturales de nuestros queridos amigos los gorditos, ositos, cachorros y demás fauna bear. La elocuencia destilada por la noticia la encontramos en el tratamiento imbuido por el Daily Mail, asqueado y divertido a partes iguales por la osadía del chubby: ¡Sí, tú, grandullón! ¿¡cómo te atreves a aparecer frente al semidiós Beckham con un bañador tan diminuto!? Por si alguien se ha perdido, tal recriminación es la verdadera columna vertebral de la noticia y aquello que justifica su publicación. Con todo, la indignación y la perplejidad del Daily Mail se centra en las ridículas dimensiones del speedo. Cuando otro chubby hace aparición frente al surfero Beckham, el medio se complace en destacar que éste viste con mayor decoro, puesto que ha optado por unos shorts que tapan más porción de su anatomía.

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Se supone que todo esto tiene que ser divertido, pero francamente el punto de vista aportado desde la comunidad bear le da la vuelta a toda la situación. Sin duda, David Beckham, en un acto de justicia poética, merece ser incluido en los juegos amorosos de ambos osos, transformado en un mero toyboy, penetrado por todos sus agujeros, preñado con leche fresca, y convertido a una nueva y más contemporánea forma de entender la sexualidad. En cualquier caso, David Beckham ya es pasado.

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Poco tiempo después, en el mes de febrero de 2012, otra inmunda publicación online se complace en alertar nuevamente sobre el terrorismo estético que supone el uso de speedos por parte de los gorditos. El medio en cuestión llega a preguntarse cómo es posible que tales cosas se permitan, para alabar a continuación la fabulosa capacidad invisibilizadora del photoshop.

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El fotógrafo no duda en eliminar digitalmente la oronda figura localizada en segundo plano para dejar en un primer término a la verdadera protagonista, la adocenada beldad del biquini azul. Presuntamente, todo esto también tiene que resultar divertido, pero a un servidor esta clase de dinámicas del mainstream le parecen algo peor que aburridas. En mi opinión ha llegado el momento de declararle la guerra al canon estético universal y especialmente a todos aquellos que hacen burla de la belleza surgida en los márgenes de la cultura oficial. Es preciso meterles por el culo sus chascarrillos de tres al cuarto con buenas dosis de Chubby Power. Desde aquí declaro que queremos chubbies con speedos en todas y cada una de las playas del mundo y los queremos ya. Deseo recrear mi vista en océanos de belleza rolliza y echarme a dormir sobre la suave barriga de un dulce gordito mientras nuestras siluetas se recortan sobre el horizonte, despertar en una nueva era estética dominada por un nuevo amanecer, el Amanecer Chub.

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Manifiesto Bear

La manera lógica de culminar esta serie de entradas dedicadas a las turbulencias detectadas en el seno de la comunidad ursina mundial reviste las formas de un nuevo manifiesto. No será el primero ni el último, y tampoco se trata de una cuestión caprichosa, el malestar bear lleva gestándose desde hace al menos una década. Si queremos que la subcultura de los osos vuelva a lucir en todo su esplendor, será preciso realizar un ejercicio de autocrítica, darnos un baño de humildad y volver a fijar la mirada en los presupuestos básicos de nuestra peluda comunidad, es decir, aquellos que animaron su propio surgimiento allá a finales de los ochenta del pasado siglo. Con este propósito, esta web, de manera intrépida —y sin embargo humilde—, lanza a la comunidad global el siguiente manifiesto:

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1. La etiqueta bear es una manera de entendernos.
2. La etiqueta bear es polisémica e inclusiva, admite a todo el mundo: gordos, flacos, peludos y lampiños.
3. Usted es un oso, o un gordito, o un cazador, o un muscle, o un otter. No importa su envergadura física ni la cantidad de pelo que pueble su pecho.
4. Para formar parte de la comunidad bear solo es necesario un requisito: desear formar parte de la comunidad bear.
5. La comunidad bear no establece jerarquías, y si las establece es preciso acabar con ellas. Todos somos ciudadanos de primera clase: osos, gorditos, cazadores, muscle, otters, etc.
6. Aquellos que incumplan el punto anterior serán invitados a extraer su cabeza de lo más profundo de su culo.
7. Los habitantes de la comunidad bear que se comporten como divas engreídas recibirán no menos de veinte azotes en sus carnosas o magras nalgas.
8. Reivindicar nuevas maneras de entender la masculinidad en el contexto gay no significa menospreciar la pluma o lo femenino. La comunidad bear será inclusiva o no será.
9. La comunidad bear no puede ser víctima de estereotipos: sus principios son las ganas de compartir, disfrutar y follar en armonía.
10. El mainstream surgido de la escena bear imita las dinámicas del mainstream típico de una sociedad tardocapitalista, por lo tanto, por pura higiene, debe ser periódicamente revisado, cuestionado y deconstruido.

La vida sexual de los actores gordos

Como amante del cine y de la subcultura bear, siempre me han interesado las mitologías desarrolladas en torno a la figura del actor secundario, especialmente al actor secundario entrado en carnes, orondo, carismático y rotundo. A lo largo de la historia del cine localizamos una amplia galería en la que figuran nombres de la talla de Sidney Greenstreet, Burl Ives, Broderick Crawford, Peter Ustinov, Victor Buono, Raymond Burr, hasta llegar a nombres como Ned Beatty, Charles Durning, Allen Garfield, Richard Riehle, George Dzundza o el recientemente fallecido, James Gandolfini. En fin, un amplio elenco de actores que por su redonda figura se ha visto desplazado al campo de los roles secundarios. Es la lógica del mainstream, si tu cintura excede las medidas estándar, prepárate para entrar en la liga de los actores de reparto. Si alguien desea más información sobre este universo paralelo de actores con maneras de oso, recomiendo los dos especiales que los chicos de Con Pelos TV les dedicaron en sus primeros programas.

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En fin, retomando el sensacionalista titular de esta entrada, hoy me gustaría hablaros de un libro de reciente publicación en España que se ocupa tangencialmente de tales menesteres. Se trata de “Servicio completo”, las memorias eróticas de Scotty Bowers, redactadas con la ayuda de Lionel Friedberg. Nacido en 1923, Scotty Bowers se enroló con los marines durante la Segunda Guerra Mundial para aterrizar a continuación en el dorado Hollywood de la década de los cuarenta. Su llegada a la meca del cine le pilla trabajando en una gasolinera que, por su estratégica ubicación y generosos horarios, se convertirá en un privilegiado lugar de celestineo homosexual en el contexto de un Hollywood babilónico sediento de sexo rápido y chicos guapos gustosos de ganarse unos pavos en las piscinas de Beverly Hills. Scotty Bowers se encontraba allí en medio de este lupanar, y a la sazón era un chico apuesto, con una enorme polla y un apetito sexual insaciable que no distinguía entre hombres y mujeres. En este sentido su bisexualidad resulta modélica, su hedonismo a prueba de bombas le llevará a aceptar toda propuesta de folleteo que se le presente, sea o no remunerada, ya provenga de actores, actrices, directores artísticos, escritores o guionistas.

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Leído hoy día, “Servicio completo” puede definirse poco menos que como una auténtica bomba informativa, en razón a la muy suculenta información que proporciona. Nombres de estrellas incuestionables se vinculan con orgías privadas, mamadas furtivas, noches de amor inesperado y parafilias que quitan el hipo del más osado. Lo sorprendente de la función es que Scotty Bowers se hace querer y, a medida que avanzamos en sus páginas, su voz va ganando autoridad. Sus recuerdos están recorridos por un cariño hacia todos sus amantes y una sensatez que se agradece muy sinceramente. Scotty no es una marica mala. De hecho, hablando con propiedad, ni siquiera era marica, como preferir, prefería follar con mujeres. Otra virtud del libro es su hábil estructura narrativa. A todas luces esto se debe al buen trabajo de Lionel Friedberg, redactor de las memorias, que sabe cómo arrancar la historia con nervio (¡y con tomate!) desde el principio e ir hilvanando astutamente episodios del pasado de Scotty con los momentos que más nos interesan, a saber, los que tienen que ver su experiencia en Hollywood.

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Como podéis imaginar, la vida de Scotty es muy rica en anécdotas, ya trabajase como chico de gasolinera o de maestro coctelero en fiestas privadas de lujosas mansiones. Prácticamente conoció a todo el mundo, especialmente a la comunidad homosexual hollywoodiense, por ahí desfilan Cary Grant, Randolph Scott, Katherine Hepburn, Cecil Beaton, George Cukor, Nöel Coward, James Dean, Tennessee Williams, Montgomery Cliff, Walter Pidgeon, Tyrone Power y un largo etcétera. A lo largo de su relato, desgrana apuntes sociológicos de cierto interés para el aficionado, a saber, en el muy estratificado sistema de los estudios cinematográficos, los diferentes departamentos se volvían más maricas cuanto menos técnicos y más creativos se volvían. Es decir, la movida gay se concentraba en los sectores de vestuario, dirección artística y sobre todo de interpretación. Mientras que los departamentos puramente técnicos de pesadas grúas, material de rodaje y demás logística era patrimonio de rudos y fornidos operarios que al terminar su dura jornada laboral regresaban al calor de sus hogares junto a sus mujeres, que aprovechaban el aire fresco de las tardes para reposar sus pasteles recién horneados en el alféizar de la ventana.

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Más de un actor gordo desfila por las páginas de “Servicio completo”. Yo me quedo con dos episodios notables, aquel que tiene que ver con Spencer Tracy, un actor atormentado, tirando a heterosexual pero con momentos en los que se deja lleva por la confusión de sus emociones y los vapores del alcohol; y aquel otro protagonizado por uno de los fetiches de Palabra de Oso, el gran histrión británico afincado en Hollywood Charles Laughton. Francamente, no me esperaba yo, a estas alturas de la vida, leer con tanto detalle sobre los gustos sexuales de Laughton, os lo digo con la mano en el pecho. Scotty Bowers nos lo cuenta sin pelos en la lengua y con esa levedad hedonista que le caracteriza. El voluminoso y genial intérprete protagoniza una de las escenas más hilarantes y asombrosas del libro. Eso sí, si queréis saber más, deberéis acudir a la librería más próxima y haceros con un ejemplar de “Servicio completo”, porque no estoy aquí para hacer spoilers. Estaría muy feo. Definitivamente, eso os lo tiene que contar el viejo Scotty.

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